| Cultura | Pintor salvadoreño |
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Un vistazo a la obra en construcción del artista salvadoreño Antonio Bonilla.
Mi forma de celebrar el vigésimo aniversario de los Acuerdos de Paz que encarrilaron El Salvador hacia la democracia ha sido acercarme a la Feria Internacional en San Salvador. Allá, al costado de uno de los grandes muros del desangelado recinto, se alza un imponente y algo precario andamio. En las alturas, se ve una figura enjuta, pero que despliega un gran brío aplicando sobre la superficie capas y capas de pintura violácea, mientras se aleja y se acerca de manera convulsa, como si no estuviera del todo conforme con el resultado.
Hace calor y se protege con un gorro de paja, que le da un aire más al Van Gogh de Kirk Douglas que al Miguel Ángel de Charlton Heston. Desciende de la construcción y se dirige hacia nosotros con esa mirada inquisitiva que reconozco entre los goterones de color y los churretones que adornan su rostro. Conozco a Antonio Bonilla desde hace años, incluso firmé el reportaje especial para El Diario de Hoy que hicimos en 2004 por su 50 cumpleaños (Bonilla, en el Olimpo) gran esfuerzo editorial, fotográfico y de diseño al que no honra del todo su maquetación digital). Pero hace tiempo que no le veía y le encuentro más compacto, con las mejillas mordidas por el paso del tiempo, menos toro, menos imponente físicamente que la última vez que nos encontramos, encanecido pero con poderosas manos de sarmiento. Aunque sigue teniendo fuego en los ojos. Pero son unas llamas más danzonas, más escépticas, incluso para él, el gran sarcástico, ante el espejismo, la obra teatral, que es la vida según él la representa y la goza.
También ha ido evolucionando en lo que a formato se refiere. Cuando lo conocí me fascinó su analítica y reinterpretación del tríptico a lo largo de la Historia: sus reducidas filigranas se encadenaban magistral, pero a la vez críticamente, a la secular trayectoria que discurre desde las maderas del cielo y el infierno de Hyeronimus Bosch a la nueva carne del vídeo de Hill Viola. Ahora la magnitud ha crecido. El paso intermedio –“me interesaba mucho desmenuzar las posibilidades del políptico”- fue encerrar el Sol en una vasija, ese esplendoroso alud de luz que es el Mural del Bicentenario en el vecino Museo Nacional de Antropología (Muna).
Pero el tamaño del que está realizando, 12 por 12 metros, es gigantesco. “El problema principal es que la altura y el ángulo de visión distorsiona la perspectiva. Tengo que bajar con frecuencia del andamio para ver por dónde voy” explica el artista que confiesa que nunca realiza un boceto previo sino que va regurgitando sueños sobre la marcha. “A medida que va avanzando el proceso, van apareciendo ideas, se va desarrollando una lógica: donde estaba el abismo se me ocurrió el río de sangre y éste pidió repentinamente a gritos a la mujer ahogada, traslúcida, que aparece bajo el fluido”.
La construcción de la estructura tampoco estuvo exenta de sobresaltos. Bonilla sí se parece a Miguel Ángel en que se acerca a una fibrosa sesentena. “Pedí que dejaran un pequeño hueco donde pudiera pintar sentado, pero en algunos lugares lo pegaron demasiado a la pared”, con lo que debe hacerlo erguido, lo que reduce el tiempo de aplicación, pero, creo yo de forma muy discutible, que le da energía a sus golpes de pincel o espátula.
Aunque fue encargada por el presidente de la República, Mauricio Funes, precisamente para conmemorar la efemérides que se cumplió el pasado lunes, actualmente las primeras figuras completas sólo comienzan a despuntar, como los colosos de Bounarroti, tras lo que se asemeja a un enorme telón blanco, el precipicio del enorme lienzo vacío que constituye el lateral de una de las grandes naves de la Feria. Quien le conoce, sabe de su proceso tortuoso de creación y de que difícilmente iba a cumplir con los plazos previstos por los funcionarios. Como nueva evocación a El Jardín de las Delicias (circa 1503) bosquiano, o más a una sutil reflexión especular, es decir, inversa de El Juicio Final (c 1504) el genio bolduqués, “por la izquierda aparece el conflicto, oscuro, tenebroso. Representa más que la guerra, es el fratricidio, Caín y Abel. Yo creo que puede hablar incluso de lo que está pasando ahora, con la violencia que sigue. En medio” –donde se esboza sobre el fondo níveo unos hachazos de pintura que asemejan, angustioso Pantócrator de este templo laico consagrado a la lucha y al diálogo, el alma de un hombre que ascendiera del Averno gritando- irán las figuras prístinas de quienes se sacrificaron, especialmente de Romero, y a la derecha, sin divisiones, más allá de la férrea estructura de los trípticos, el espacio estará ocupado por las negociaciones de paz en sí, que todavía no sé como representar, a pesar de haber sido hasta cierto punto partícipe en las mismas. Arriba, irá un paisaje luminoso, y un gran astro que salga sobre el conjunto. Digamos que la escena irá evolucionando desde la intensa negrura del extremo inferior izquierdo hasta la luminosidad absoluta del extremo superior derecho”.
Siguiendo con el símil de la iglesia laica le sugiero que sugiera al presidente ir más allá y, además de este gran “ábside”, le permita ocupar dos espacios laterales, que actuarían prácticamente como absidiolos y convertir la representación en la más magna del país, no por su tamaño (ahí está ese desconcertante “Chulón” del Marte para desmentirlo), sino por coherencia e impacto: un descomunal Tríptico de Nantes(Viola, 1991) a la salvadoreña. Ante la provocación surge un destello del eterno estudiante de arquitectura que con sonrisa pícara asiente: “Sí, ¿verdad?”.
Como en el panel central del mural del Muna (de nuevo, heredero de la armazón de El entierro del Conde Orgaz, de El Greco, 1586, como ya advertíamos en 2004), la mal llamada “estilización” de las tres, literalmente, esqueléticas figuras completadas confirman la fuerte presencia de Doménikos Theotokópoulos en la obra ¿bonillesca/bonillana? Presencia, referencia, que no influencia, ya que en su trayectoria Antonio, uno de los más grandes pintores vivos del continente americano, ha bebido, y, lo que es más importante, ha sabido digerir y absorber hasta asimilar en su código genético las influencias múltiples de un conocimiento único y una reverencia por la Historia del Arte sin parangón. ¿Es posible que, al fallecer, las almas de Rivera y Siqueiros pudieran transmigrar hacia el Sur? Como saben, su seguro servidor, yours truly, es poco dado a creer en lo invisible, pero ahí, en una humilde esquina de esta olvidada región, las pruebas cantan. Antonio Bonilla, maldito y ángel.
Mural del Museo Nacional.
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Estilo | 2012-01-18 11:21:42
El hermoso mural (por lo que vemos) merece un comentario más coherente. Ese caballero, como siempre, está más interesado en deslumbrar con sus "conocimientos" y en usar un estilo "vanguardista" ( ¿¿¿¿ ????) que en hacer una valoración de la obra de Bonilla. Hubiera preferido leer a Ricardo Lindo .
Arturo | 2012-01-18 11:35:27
Que crónica más precisa y preciosa, no me imaginaba que José Iglesias escribiera como lo ha hecho esta vez. Lo felicito. (A José)
no le vayan a mandar a despintar su obra a este maistro que comienza el drama de nuevo | 2012-01-18 11:53:15
Espresión libre | 2012-01-19 00:52:47
Karla Flores | 2012-01-19 08:38:11
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