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A Verónica Ferrufino, in memoriam
El 21 de julio de 1969 Neil Armstrong le demostraba al Universo lo mejor de lo que era capaz el ser humano cuando se guía por la razón. Una especie recientemente (en términos geológicos) descendiente de los monos conseguía, en apenas 10.000 años de civilización, contradictoria, repleta de luces y dantescas sombras, desafiar al oscurantismo, a la gravedad y al vacío, y plantarse sobre la cara ardiente de la Luna.
¿Qué estaba sucediendo entonces en la Tierra de los Absurdos? Dos pueblos tan hermanos que son indistinguibles le demostraban al olvido de lo que es capaz la estupidez cuando se deja guiar por la barbarie. Salvadoreños y hondureños estaban concentrados a esas horas en enterrar los muertos que acababa de producir la “guerra de las 100 horas” o, tal como la nombró el maestro de la etiqueta periodística, Ryszard Kapuściński, la “guerra del fútbol”, calificativo que enganchó en la imaginación popular internacional.
He conocido a muchos a quienes molesta incluso la ocurrencia del reportero polaco (aunque son de los que no advierten la ironía de que lo estrafalario del título se ajuste tan bien a lo surrealista del conflicto). Son los mismos que aseguran que Honduras comenzó la guerra y, a estas alturas de la conversación, ya vociferan que El Salvador fue el indiscutible ganador. Tristemente, para una aproximación verídica a lo que realmente pasó, los centroamericanos, y especialmente los dos protagonistas, deben asomarse al exterior (por ejemplo en el escueto relato que le dedicó El País en el aniversario del “armisticio”aunque relegándolo al género menor de la crónica y…. ¡a la sección de Deportes del diario! (toma ya eurocentrismo por parte de la dirección del rotativo).
Interpretaciones aparte, la Historia se sustenta sobre una serie de mínimos consensos científicos sobre una serie de hechos relativamente probados. Pero de ahí a glorificar ficciones, hay un gran trecho. La virulenta tergiversación histórica, incluso de lo menos remoto, incluso de lo vivido, de lo experimentado en carne propia, es una de las cuestiones que más golpea, con la bochornosa fuerza del calor de los manglares al aterrizar en Comalapa, cuando se entra por primera vez en la sociedad salvadoreña. La mentira clamorosa y la negación infantil se mezclan en los rugidos, incluso de algunas personas hasta ese momento aparentemente apacibles y cultivadas.
No, señores. Honduras no empezó la guerra, ni El Salvador la ganó. Noooo, ni siquiera puede decirse que fuera el vencedor “moral” (para los escépticos de lo obvio más recalcitrantes, observen cómo acabaron por dirimirse las pugnas fronterizas y las asignaciones territoriales, y lo que se perdió en el proceso). Los sanguinarios regímenes de la época enfrentaron a sus trabajadores y campesinos por motivos propagandísticos y de pura autoconservación (como a argentinos y británicos en Las Malvinas) y no eran precisamente democracias. Los miles de muertos, y toda la destrucción y el sufrimiento no sirvieron, como siempre, de nada. Ah, por cierto, ya que estamos, por ponerles otros ejemplos, aprovechamos para informarles que El Salvador tampoco fue nunca víctima de una agresión internacional y que, para espanto de la comunidad internacional, los vecinos de Antiguo Cuscatlán tienen una plaza dedicada a un fraudulento militar que, lejos de ser un héroe, de estar aún vivo hoy en día, estaría siendo juzgado en La Haya por crímenes de lesa humanidad (algo semejante a que el aeropuerto internacional de Berlín se llamara Flughafen Paul Joseph Goebbels). Pero, bueno, ese es otro tema que dejaremos para otro día.
El hecho de que, a diferencia de México o Guatemala, la mayoría transitemos sin temer demasiado a la Policía Nacional Civil, que, al contrario, les confiemos nuestra seguridad como a pocos otros cuerpos armados de la región, se puede achacar al acierto de su constitución y desarrollo a raíz de los Acuerdos de Paz. Es comprensible que en aquel momento no parecería prioritario ni importante, pero mirando ahora hacia atrás para hallar una trémula guía, encontramos que un acuerdo nacional idénticamente importante tendría que haber girado alrededor del eje del mantenimiento de la memoria histórica. Un Acuerdo de Paz imprescindible para el desarrollo de la democracia habría sido la constitución de un cuerpo de un pluralismo y una generosidad semejantes a la base sobre la que se erigió la PNC, pero en el ámbito académico, una Academia de la Historia de El Salvador, que superase desde parámetros científicos y políticos, y que, de paso, sustituyese a la evanescente Academia Salvadoreña de la Historia (criolla) que vegeta carcomida por la polilla de la indiferencia y el bostezo satisfecho del hartazgo.
¿Para qué? Para no repetir el horror. “Quien no conoce su Historia está condenado a repetirla” aseveraba Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana. Y aún peor. Según el conocido aforismo de Karl Heinrich Marx: “La Historia se repite primero como tragedia y luego como farsa”. Aunque se quiera mantener la impostura del científico aislado que investiga en su laboratorio, del artista genial en su atelier, realmente la Historia tiene una utilidad, y una necesidad, firmemente arraigada en lo social. Como apuntaba hace poco Félix de Azúa en su artículo Historia e impostura, una fraternidad, publicado en El País del 20 de abril: “En una ocasión, M. McCabe, que se encargaba de la Filosofía Antigua en el King's College de Londres, se las hubo con un historiador astuto y deconstructivo, poco partidario de la verdad. Me quedó un argumento de McCabe en defensa de la historia verdadera: la historia no sirve para nada, si no es para conocernos a nosotros mismos y tomar medidas correctoras. Las mentiras socialmente útiles (las habituales en historiadores y periodistas ideológicos u orgánicos) ocultan y disfrazan nuestros errores, lo que instiga a repetirlos. En cuyo caso es mejor leer o escribir novelas. Son más verdaderas”. Y El Salvador, tierra de formidables pintores, peca de narradores poco convincentes. Como decía León Felipe en su obra de 1950, Llamadme publicano:
“II. SÉ TODOS LOS CUENTOS
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos”.
Cuando se viaja y se ve la imagen que tiene el país en el extranjero, lo que ha quedado en el imaginario colectivo de la convulsa historia de El Salvador y lo que dicen los libros de Historia mundiales, desde la derecha a la izquierda, y se compara con todos los cuentos que nos han contado, y que nos seguirán contando, con la leyenda oficial que sustenta todas las mentiras, todas las desigualdades, todas las miserias de esta nación, nos damos cuenta de la peste que corroe el rostro nacional (como ya dijimos en su día, la metáfora perfecta para el espíritu nacional es la del retrato de Dorian Gray). Pero si seguimos mintiéndonos, acabaremos colectivamente como el anciano cuyos recuerdos se pudren al sol del sanatorio. Sobre la memoria se vive, por el olvido se muere.
Y lo peor de todo esto es que es un periodista quien les clama, de tan fácil que está esta información a su acceso. Un periodista (que nació en el) extranjero, como tantos de ustedes se encargan de recordar. Cuando deberían ser los historiadores salvadoreños quienes nos lo recordasen en libros súper ventas como los de cualquier otro país que haya completado con normalidad su transición a la democracia. El otro día, reclamamos responsabilidad, hoy memoria. No parecen cuestiones muy revolucionarias. Otro día tocaremos una tercera pata que le falta al talante del país para irse tranquilizando y perdiendo la crispación: humor, la capacidad de reírse de todo, empezando por uno mismo. Y hablando de humor, el otro día estaba reflexionando sobre la ulterior ironía que se ha producido estos días: todos esos que se desgañitan insultándonos al fino esgrimista argentino Julián Mansilla y a mí por ser extranjeros (mientras que de Caterina Monti parece que lo que les irrita hasta la ofensa es que sea ¿nacional?, ¿mujer?... ¿lúcida?) y que llegaron a la amenaza personal por el tema de Honduras, ¿cómo se habrán sentido cuando la mano derecha (no podía ser de otra forma ¿verdad?) de su campeonísimo Micheletti, el ministro de Exteriores Enrique Ortez Colindres, tachó a su patria de paisito irrelevante? Perdónenme, pero me hubiera gustado ver cómo se congelaban las risotadas que seguramente resonaban cuando llamó a Obama “negrito” y mandó a Zapatero a remendar sus zapatos, ¡qué gracioso debía resultarles hasta ese momento preciso en que acusó a El Salvador de ser “"un país tan chiquito del que no merece la pena hablar, en el que no se puede jugar al fútbol porque la pelota se cae a otro país".
Francamente, los que hoy celebramos que hace 40 años que la Humanidad venció al oscurantismo, a la gravedad y al vacío, y se atrevió a volar a la Luna, nos congratulamos que no haya dos gobiernos que, como hace 40 años, se limpiaran la sangre del pueblo en la bandera, que no haya hoy como entonces dos gobiernos semejantes en ambos lados de la frontera. Más que nada… para no repetir la tragedia como farsa.
Pero… seguro que a ti no te lo contaron así…
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Siddharta | 2009-08-10 11:31:34
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