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Aún no ha llegado la lluvia, pero salimos ateridos de la Filmoteca de Catalunya, en Barcelona. Acabamos de dejarnos envolver más que contemplar el fascinante, el terrorífico documental de Christian Poveda, La vida loca. No dejamos de repetirnos que los “personajes”, perdón, que las personas que se ven… porque se tiende a eso, a volverlos personajes por lo increíble de sus vivencias, más bien de sus murencias, ya que de ocho protagonistas, seis mueren asesinados… y a los dos restantes, el jefecillo que selecciona a los nuevos acólitos, niños aún, y la pareja que va a la cárcel dejando a su hijita en las manos amables pero impotentes de su abuela, se les ve condenados a repetir la historia una y otra vez ¿hasta cuándo? ¿Qué tipo de desgarro puede esperarse al final de este camino de desesperación? ¿O no hay final? ¿Sísifo empujando la roca, eternamente? ¿Prometeo, condenado a que le devoren el hígado para siempre? Infinita tristeza, infinita tristeza.
Hemos asistido a tan sólo un minúsculo, más embriagante, demoledor, bocado de la cultura de la muerte que se está instalando entre las clases más desfavorecidas, más desesperadas de El Salvador… Honduras, Colombia, Sao Paulo, Nápoles, África, el mundo… reflejo en parte de la otra cultura de la muerte por medio del comercio, la savia del sistema, el tráfico de armas, de drogas, de seres humanos, de medicamentos, de patentes, de alimentos, de combustibles, de conocimiento, a escala planetaria, la globalización enferma, perversa, del dinero frente a la universalidad soñada por la razón. Un mundo donde es tan sencillo y rentable comerciar internacionalmente con seres humanos como perseguirles con saña cuando se toman la potestad de intentar moverse libremente, y donde se azuza, ya desde el siglo XIX, a que las masas se asesinan entre ellos por falsos territorios o colores, y a los sobrantes se les coloca como guardianes, kapos, del resto, o como nuestro servicio doméstico. Mareros, guachimanes y criadas, camellos, mulas y yonquis, matones y prostitutas, ése es el destino del lúmpen siempre engrosado no importa cuál tramo del ciclo económico estemos experimentando, sea alcista o la sempiterna crisis.
Muertos, muertos, muertos. Carne muerta que camina, “todos somos muertos de vacaciones”, decía Lenin, o por eso debe ser que el cine de zombis se ha vuelto tan popular entre las clases medias, debe de ser que nos reconocemos, o al menos nuestro destino. Pero, incluso en esto, muertos de primera y muertos de segunda. Muertos buenos y muertos malos. ¿Sarajevo? Movilicémonos, que bombardée la OTAN. ¿Las muertitas de Ciudad Juárez? Nadie da un duro. Obreras, luchadoras y pobres, carne de narcoporno. ¿Los casi 3000 desgraciados de las Torres? Cambiemos el paradigma de la geopolítica. Invadamos países. Recortemos nuestros derechos civiles. Degrademos nuestras democracias. Hagamos una película sobre la vida de cada uno, aunque sea falsa. ¿Los cientos de miles de Oriente Medio? Que les den, total, son oscuros y todos se llaman parecido. ¿El Nóbel de la Paz? Para el tipo que revienta bodas y niños en Afganistán, a ver si aprende. ¿Cien conductores de bus guatemaltecos? Hay de recambio. ¿Un abogado guatemalteco? ¡Alto ahí! ¿Era blanco y de buena familia? ¡Paren máquinas! Tenemos una historia! Su imagen no sólo va a recorrer el mundo sino que desencadenará lo que la crédula “antropóloga y columnista” Dina Fernández describe con las siguientes palabras (en El País, “Un vídeo sacude Guatemala”. 3 de junio de 2009).
“Aunque la presión de este movimiento liderado por jóvenes ha amainado con el pasar de los días, su poder de convocatoria ha dejado con la boca abierta a toda la sociedad. No es para menos: el primer fin de semana, una manifestación convocada por Facebook reunió frente al Ayuntamiento capitalino a más de 30.000 personas vestidas de blanco, algo no visto en Guatemala desde las visitas del papa Juan Pablo II”.
Pobre Dina. Siendo guatemalteca, ¡y antropóloga!, y aún no se ha dado cuenta… cuántas y qué tipo de personas tienen Facebook en su país. Deben de ser casi las mismas que de hecho son invitadas a las reopciones del Papa (ya en su momento hablamos de dónde se origina la salud de sus radiantes caritas y de sus camisas blancas resplandecientes, recién lavadas por la sirvienta india).
Y lo peor. También hay clases entre los muertos de segunda. Los olvidados de los olvidados. Vean las imágenes horribles de las que mi pupila, profesional, trata en vano de desprenderse. El padre palestino que trata de escudar a su hijo de las balas de los tiradores israelíes. En vano. Pero, pese al poder del sionismo (no confundir interesadamente con el semitismo), esa imagen recorrerá el mundo. Paradójicamente, será a la vez sinónimo de barbarie (el contenido) y encarnación viva de las ansias de liberación de su pueblo (su difusión). Mientras que la de los niños salvadoreños acribillados, en la que el hermano mayor visiblemente trata de proteger al menor con su último abrazo… ésa no verá la luz. Sus cadáveres se habrán podrido ya, todo rastro de sus pequeños pasos por este mundo habrá sido olvidado, incluso su imagen se habrá desvanecido para siempre. 
Pero ahí estarán los medios, los académicos, los ideólogos, para decirnos que la cosa no está tan mal. Que no dramaticemos, que exageramos. Hasta el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) le alegra el día al ex presidente para que pueda regodearse en que “somos un país de renta media” (espero que el actual sea más sensato y que no se atreva a decir aún “ya se nota la mejora”). El vergonzoso hecho de que el organismo que publica el ránquing del Índice de Desarrollo Humano (IDH) califique a sólo 24 de los 182 países de su listado como de “desarrollo humano bajo” ya indica que, o que ignoran el sufrimiento humano masivo a su alrededor, o, más bien, que no desean molestar a los gobernantes mundiales, porque los que caen en esa categoría realmente sólo son los que universalmente definimos como “Estados fallidos”, es decir, el inframundo, o más bien el infierno en la Tierra. Lo de que los que van del 64 al 158 sean de “desarrollo humano medio” o es de hacérselo mirar, o ninguno de los estadísticos han puesto en su vida un pie en sus calles, o es que, va a ser, que la media del desarrollo humano es un asco, y que, por tanto y de paso, tanta cooperación para el desarrollo durante los últimos 30 años ha sido un fracaso.
Especialmente entre los que presumen (dejando por una vez al pobre Saca y a su País de las Maravillas en el puesto 106 de lado). ¿El poderoso BRIC? ¿El nuevo agente político más poderoso de los últimos años multipolares según los siempre “fiables y objetivos” medios de comunicación? Rusia, en el 71. China, en el 92. ¿India? ¡En el 134! ¡Toma “superconductores”, “diseñadores de software”, “evasión de cerebros”, “nueva clase media”! ¡Toma editoriales del New York Times! ¿Y “o mais grande do mondo”, “Pelé”, “Maracaná”, “Ayton Senna”, “as mulatas”, “campeón de la democracia latinoamericana”? ¿El “las Olimpiadas de Río suponen el reconocimiento de Brasil como una potencia del primer mundo” de Lula? Vaya… en el puesto 75, incluso detrás del autoritario paraíso postsoviético de Putinland.
¿Y EE.UU., el faro del progreso? ¿USA Number One? No, sólo 13. Con un sistema sanitario en el número 38, por detrás de varios países africanos, y con California, “la sexta economía del mundo”, desangrándose por la bancarrota (sigan eligiendo a famosas estrellas de cine, Reagan, Schwazennegger, sigan). ¿Y la Madre Patria? ¿Cómo puede ser que basculando entre las economías octava y novena, esté relegada al puesto 15? Debe ser que alguien se ha comido mi medio pollo. Como con la renta per cápita, se ve que riqueza hayla, pero mal repartida. Tanto que este año, en el supuestamente primerísimo mundo de Catalunya, ya saben, donde se ata a los perros con longanizas y a los futbolistas con cadenas de diamantes, se calcula que los bancos de alimentos deberán proveer para más de 700.00 personas. Sí, en las rutilantes calles de Barcelona, eso supone que uno de cada diez se acuesta sin comer, como acaba de denunciar la FAO sobre Latinoamérica (aunque los alegres chicos del PNUD nos consolarían con el dato de que relativamente estamos todos mejor que el mundo en general donde, desde hace un par de meses, ya son oficialmente más de mil millones de seres humanos los que pasan hambre).
Soy periodista como podría ser abogado (que tal vez sea una profesión más digna ya que en todo proceso judicial correcto al menos es obligatorio que haya un defensor). Por amor de las mujeres. Como no tengo pues aspiraciones de escritor frustrado, aunque sea muy rígido en las exigencias deontológicas que deberían regir este oficio, es muy raro que escriba por placer; menos aún las veces que lo hago por terapia, y en los pocos casos que lo haga, aún más extraño que acabe enseñándolo. Así que cuando reflexiono sobre el sufrimiento ajeno y sobre el hecho de ser un testigo impotente, sobre una situación que me desborda, rescato el microretrato de la pobreza cercana que tracé la primera vez que lo necesité, el 16 de octubre de 2002:
“Una es ciega, la otra no. En uno de los cruces más
transitados de Tegucigalpa hay siempre dos niñas de
corta edad. Una es ciega, la otra le guía. Se escurren
entre un tráfico infernal repitiendo a cada dos pasos
“¡Una limosnita para la cieguita!”. A cualquier hora
del día y de la noche están ahí. Lo que yo haga con mi
vida, los discursos morales que pueda pegar, las
acciones políticas que lleve a cabo, los debates
plagados de fina ironía y cartesiano distanciamiento
sobre el futuro de la izquierda o sobre ‘qué hay que
hacer’ que podamos impulsar... no van a cambiar para
nada esa situación. Estarán siempre ahí, arriba y
abajo hasta que los tubos de escape les rompan los
pulmones. Cada vez que las veo, al amanecer, al
atardecer, a altas horas de la noche naranja y ocre de
las farolas, debería hacerme preguntas de calado como
‘¿quiénes son?’ ‘¿para qué han nacido?’... y sólo se
me ocurre pensar la estupidez de ‘¿qué hablarán entre
ellas?’... durante unos instantes, no sé por qué, se
me ocurre que, tal vez, si pudiéramos registrar sus
conversaciones íntimas, transmitirlas... humanizarlas
mediante sus voces reales frente a la imagen de
miseria infantil que por tópica nos vuelve
insensibles, podríamos “salvarlas”... obviamente luego
vuelve la “sensatez” de lo posible, de los datos macro
y de los grandes principios y, aunque me sea imposible
desatarlas de las retinas, trato de olvidarlas hasta
que me vea obligado a pasar de nuevo por ahí... algún
día sé que no estarán...
Pero pese a la rabia impotente, y a la cobardía del que huyó, que me paralizan, el hambre y la violencia en El Salvador me siguen sublevando. Sin haber sido nunca uno de sus fieles seguidores, ahora que acaba de dejarnos, se hace más que nunca necesario ese verso de Mercedes Sosa, exagerando incluso se podría decir incluso que toda la demás producción en su grandeza podría ser desechada, pero no ese humilde, hiriente, resonante, “que no me sea indiferente”. Es urgente en El Salvador, recuperar las calles, recuperar La Calle, como ámbito de lo colectivo, como ese patrimonio público que jamás debimos dejar que el miedo nos arrebatase. El derecho a salir a la calle, a caminar, a respirar con los pies. Parafraseando a Allende, “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.
Porque hoy la violencia en El Salvador se ha convertido en un dictador peor que Pinochet. Atenaza nuestros cuerpos, nuestros corazones, y, lo que es peor, nuestras mentes. Nos roba el espacio, el calor de los familiares, el tiempo, las risas de los amigos. ¿Saben que si imitaran el ritmo con que aquí matamos a nuestros congéneres habría 36.000 asesinatos al año en España, 80.000 en México o 240.000 en Estados Unidos? Un 11-M diario en España, un 11-S cada cinco días en EE.UU.
Como el detective que vuelve a casa en cualquier mala serie americana, deténganse un momento para contemplar a sus hijos cuando duermen, o cuando se despiertan, cuando la brisa remueve sus cabellos, fíjense en su enorme fragilidad, su enorme valor, el enorme valor de cada una y todas las vidas que estamos desperdiciando, en el calor, la riqueza, la aportación, la perspectiva, el conocimiento, la experiencia, que se pierde con cada una y todas ellas, piensen en la tragedia diaria, en la agonía, masiva, de cada rostro, de cada pueblo, de un planeta que gime cuando no tendría porqué hacerlo, en el sufrimiento innecesario, cercano, insuperable, que se repite, que no para… Si seguimos así, si no hacemos nada… Si Jesús volviera algún día, huiría despavorido, asqueado, amedrentado, corriendo sobre las olas petrificadas de estos océanos de lágrimas heladas.
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Caro C | 2009-10-18 12:54:18
Néstor | 2009-10-19 11:32:39
Elena Salamanca | 2009-10-25 13:56:45
Juan D. | 2009-10-27 15:32:14
Al contrario de lo que escribe, Jesús no saldría despavorido sino que tomería acción, como lo que hizo en el templo. No nos subestime a los salvadoreños o a los latinoamericanos en general, somos como las cucarachas, siempre sobrevivimos, claro, sobre nuestros muertos y con guerras, golpes militares, enfermedades y todos los males posibles. Los países desarrollados, especialmente Europa, nunca nos ayudarán comprándonos cosas o queriendo cambiar nuestras culturas con buenas intenciones, sino haciéndo entender a la población con educación masiva y con un poco, no mucho, de fuerza. Por ejemplo, si siguen traficando les regresaremos a todos sus compatriotas en un año, o ya no les compraremos los productos a toda esta zona, una amenaza así si movilizaría los ricos y oligarcas a cambiar y hasta a los países vecinos. Pero como siempre van a la busqueda del provecho, el hedonismo y los productos baratos....
conejita | 2009-10-31 12:04:53
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