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.TAMAÑO DE LETRA
Atrapados. Entre el lobo estepario y la zorra plateada

Última actualización: 01 DE FEBRERO DE 2009 20:11 | por José Iglesias Etxezarreta

Las malas lenguas le acusan de haber participado en el complot para asesinar al mayor poeta centroamericano de todos los tiempos (RD, no Rubén Darío, que también, sino Roque Dalton, epígono de la tragedia salvadoreña, otro país con menos mala conciencia que tuviera un artista de esta talla reproduciría incansable su efigie en los sellos y en los blasones patrios).

 

Las malas lenguas dicen atestiguar de su frialdad emocional y el sacrificio de su vida sentimental en el altar del rocambolesco atentado a Monterrosa. Los maledicentes afirman que resulta paradójico, irónico, justicia divina, que escriba en el diario que de forma tan chapucera quiso volar durante la guerra para hacerse perdonar su pecado original de rojerío por parte de la derecha inflexible del país.

 

Una buena lengua, honesta y severa, Samayoa, documenta en su tratado sobre los acuerdos de paz (así, en minúscula mientras no acaben de cumplirse) su cortedad de miras y su tacticismo, que le llevaron a ser el principal interesado en poner palos en las ruedas del diálogo.

 

Por todo esto y mucho más, aseguran que estaría exiliado en Oxford porque su figura, su pasado y su arrogancia le harían irrecuperable para la incipiente democracia nacional.

 

Sin embargo, yo sigo leyéndole. Al menos mientras la Historia sea en El Salvador mucho más un arma arrojadiza que la disciplina científica que debe ser, ya que es ella quien podrá juzgar la definitiva dimensión de este personaje. Mientras, como digo, sigo consumiendo sus escritos con fruición.

 

De entrada, como en el caso de Vargas Llosa –otro que fue un fanático estalinista antes de ser un furibundo neoliberal-, les leo pese a estar rotundamente en desacuerdo con lo que afirman, más por cómo dicen las cosas que no quiero oír, que por el qué dicen. Y sobre todo, porque en el desierto nacional de áridos beatos e iletrados propagandistas, su discurso es siempre articulado y su pluma, asaz certera. Y, además, lejos ya el fragor de las armas y el sórdido dolor de los golpes, parece haber recuperado un gusto por la argumentación, y por la defensa de la razón dialogada, poco común y absolutamente imprescindible si queremos que esta nación sobreviva como tal y no como tribu(s).

 

Por eso me sorprendió el pasado 6 de enero, cuando, desde su periódico pilar en El Diario de Hoy y en un artículo llamado “¿Por qué votar?”, dejó de lado sus virtudes y se emboscó en un discurso pesado, antiguo y, sobre todo, contradictorio. En primer lugar, cimentaba su elaboración en el viejo tópico de que “Las personas que se preocupan más por sus semejantes generan seguridad y las que se ocupan más por ellas, generan riqueza”. Aparte de constituir uno de esos axiomas míticos y mágicos, del tipo de “el mercado lo resuelve todo”, que nunca han sido demostrados ni científica ni empíricamente, parece que el ermitaño de Oxford ignore lo que está cayendo ahí fuera. Parecería que no haya seguido las noticias o se haya desconectado totalmente de la actualidad, si no fuera porque unos párrafos más allá cita, como si de paso, que “unos cuantos ejecutivos estadounidenses han desestabilizado el mundo entero y desempleado a millones, superando todos los populismos conocidos”. Lo que realmente se ha visto en estos últimos meses es cómo “las [personas] que se ocupan más por ellas” sólo generan codicia y miseria. Y a ellos, que no son una minoría marginal como insinúa  el comentarista sino el núcleo del sistema capitalista, les acompaña la legión de acólitos que les ha aportado durante décadas la coartada intelectual para garantizar la impunidad de sus desmanes. El libre mercado, sus teóricos y sus practicantes, han idolatrado durante decenios la santificación del codicioso… y, por cierto, estimado ex comandante, le recuerdo aún no se ha oído una voz de disculpa o una petición de perdón por la parte que les corresponde (sólo algún sonado suicidio que sólo hace que confirmar que sólo podían vivir nutridos constantemente por la avaricia).

 

Pero lo más tóxico, por rancio, reside en su tesis principal (tendrá que tener usted cuidado con su homónima Evelyn Jacir si le pesca en el acto de distribuir una mercancía tan caduca): que hay que considerar el votar a la Democracia Cristiana ya que “no es de derecha ni de izquierda”. ¿De verdad que cree en lo que dice?

 

De entrada, es materialmente imposible no ser de derechas ni de izquierdas, como lo es no ser subjetivo cuando se es un sujeto. El absoluto centro no existe. Explíqueme cómo se actúa entonces en caso de conflicto. Por ejemplo, ¿dónde se sitúa entre los palestinos e Israel? ¿Cómo se hace pasar por equidistante, por poner un ejemplo, entre los esclavos y sus descendientes y los esclavistas y su Administración en los últimos tres siglos en EE.UU.? ¿Equidistante entre Martin Luther King y Adolf Hitler? ¿Cómo se es de centro en el caso de que la decisión a tomar sea excluyente y definitiva como en el de la legislación del aborto o del divorcio? ¿Se puede estar “medio-casado” o “medio-embarazado” para quedar bien con los partidarios de uno u otro extremo?

 

Ser equidistante, además de ser injusto en las ocasiones en que hay que dirimir entre víctimas y verdugos, en muchos casos supone mantenerse inmóvil en el seno de una situación dinámica,  y, ya se sabe, el inmovilismo ha sido históricamente sinónimo de ser de derechas o al menos de conservadurismo. Una cosa es que sea razonable que pueda ser necesario un partido de centro izquierda o centro derecha (bisagras suelen llamarlos cuando no son mayoritarios) y saludo como propios sus llamamientos a la tolerancia, a votar distribuyendo y no concentrando poder, y, sobre todo, al aprendizaje del espíritu de la negociación como ejes imprescindibles de una vida política nacional renovada, pero el claroscuro y los matices, la gama de grises nace del juego entre gradaciones de negro y blanco. El gris total sería equivalente a no pensar, no hablar, no respirar.

 

Aunque lo único en que coincido es que si existe un partido gris ése es la Democracia Cristiana de El Salvador. Gris plúmbeo, diría yo, con tintes del ala de cuervo de las sotanas. Dejando de lado su pasado, su programa social es más extremista que el de la extrema derecha. Por su parte, Arena exhibe su machismo de bota de caña y lustre falangista (sólo dos países copiaron el modelo de movimiento joseantoniano, el otro es el Líbano), de señorito dominguero de posguerra con bigotín, gafas de espejo, cabello engominado, camisa parda recién planchada y brillos de cañón de pistola, pero su concentración en la defensa de los intereses de los poderosos y en revivir la extinta Guerra Fría (“El Salvador será la tumba del comunismo”, etc, etc), le distrae de cebarse en los colectivos desprotegidos, tarea que deja a su minoritaria señora de la limpieza.

 

Nadie como el partido del abogado para ensañarse con los derechos civiles que son bandera del centro en medio mundo: NO al aborto (ni siquiera en los supuestos en que está despenalizado en el orbe civilizado como el de la violación o la malformación… vaya, en eso coinciden con Daniel Ortega y Sarah Palin), NO a las uniones homosexuales (y si me aprietan a los propios homosexuales… y ahora, resulta que eso defiende también Ahmadinejad, que extraños compañeros de cama -nunca mejor dicho-), NO a  los medios anticonceptivos, NO a la educación sexual, NO al divorcio, NO a la investigación células madre, NO retroactivo a Allende (Sí pues al amante de la vida, de la buena vida, Pinochet)… y así suma y sigue, o suma y retrocede porque si seguimos el rosario de negativas que esconden los aspirantes a teócratas siempre volveremos a la tentación de las hogueras.

 

Al veterano ex lobo le acusan de muchas cosas. Sobre todo de ser ex de muchas cosas y de tantas causas. No se sume además por rencor a la cruzada de la intolerancia larvada del taimado zorro disfrazado de cordero (pascual).

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