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.TAMAÑO DE LETRA
Ante todo mucha calma (Elegía por un pasado que no ha de volver)

Última actualización: 24 DE MARZO DE 2009 18:28 | por José Iglesias Etxezarreta

 

Mañana empieza hoy. Recuerdo que esa fue la impresión que me dio la madrugada del domingo en que El Salvador decidió darse una nueva oportunidad. Estalló la normalidad: Sívar entró en el concierto de las naciones en que se pueden alternar de forma pacífica al frente del Gobierno democráticamente elegido diferentes visiones de organización del mundo. Un presidente negro (más bien “birracial”) en Estados Unidos, un candidato de un partido de izquierdas (más que “izquierdista”) como jefe de Estado de El Salvador. Éste ciertamente es el Año de los Prodigios. Caen muros de intolerancia y se desmoronan algunas de las polvorientas madejas de prejuicios que atenazan los movimientos del continente joven (aunque aún sea largo, tan largo, el camino a recorrer).

Como verán por la fecha de publicación, no me he precipitado en escribir esta contribución. Al contrario, la he dejado reposar un poco más de tiempo que otros de mis escritos con pueril vocación de incendiarios. Y lo que aporto en la forma, también lo solicito en el contenido: que no se precipiten en juzgar. Nuestras opiniones sobre Mauricio Funes, el hombre y el profesional, no son de recibo ahora; lo que contará para analizar y, en su momento, enjuiciar su labor será su desempeño como representante del pueblo, y de su mandato (recuerda Mauricio: mandato) de enarbolar la bandera del cambio, y de hacerlo posible, en la media de las fuerzas, capacidades y recursos nacionales obviamente, y, sobre todo tangible, en la vida cotidiana de los salvadoreños. Lo mismo que defendí su derecho a presentarse (nadie gimió hipócritamente ni se rasgó las vestiduras farisaicamente sobre la vulnerada “independencia del periodismo” cuando Saca utilizó todo su poderío patrimonial y el prestado por los grandes grupos mediáticos hegemónicos del país para arrasar con la verdad, y lo que es peor, con la decencia durante su campaña electoral y la de Ávila, el pobre jefe de policía a quien su notoria incompetencia ante la proliferación de asesinatos y el cansancio, por fin –una participación del 61% es lo único que no puede calificarse de “histórico”-, del votante honesto –que lo hay- de derecha, han pasado factura), defiendo ahora la paciencia. No sé si es el hombre o el líder que esté a la altura de la lacerante situación por la que atraviesa, no desde hace 20 años como afirmaba la prensa extranjera, sino desde hace siglos, este rincón del mundo. Pero, como Obama, que parece que ha empezado tratando de cumplir con sus promesas, aunque éstas sean de una gran moderación, o como el propio Funes en su discurso de la noche electoral, puede que esté la puerta aún abierta para la esperanza, para nosotros los lógica y amargamente escépticos, los gatos escaldados, y para a los que a la necesidad vital ha vuelto, también lógicamente, crédulos. Por la angustiosa necesidad que tiene este pueblo espero, Mauricio, que aún nos des la grata sorpresa de estar a la altura del capital de confianza que te han depositado.

Para ello, lo primero, y ante las voces agoreras, tranquilidad. Ante todo mucha calma. Aquí, a diferencia que en los regímenes pasados, no se va contra nadie (tal vez sí, noble, justificadamente, contra los privilegios de unos, privilegios de unos pocos que son los yugos de la mayoría, lo sentimos si sus gafas de sol son nuestra ceguera). Ante todo mucha calma (tomo de nuevo en prenda el verbo ingenioso e inspirado de Siniestro Total  para entenderlos en todo su esplendor). Porque la irritación que denunciaba en mi columna anterior aún circula, a duras penas subterránea. El odio aún se arrastra por las alcantarillas mientras sobre nuestra frente ya se enroscan los primeros rayos tornasolados del amanecer. Recorren la red, agitan los foros, se esconden en los jardines de la parte alta de la ciudad, conversaciones agitadas, empozoñadas, temblorosas de vileza. “Volveremos”, susurran como serpientes. Pero no, los oscuros murciélagos no volverán. Ya hay más que suficiente con los enormes peñascos con que la vida nos desafía, agravados por la asfixia de siglos de desigualdad e ignorancia. Ha llegado la hora de arrancarse de la garganta las turbias tenazas del pasado.
 

 Es el momento de enterrar las armas, y las momias, los totems que nos dividen. Ya lo imploré en mi columna “¡A despolarizar!”, el 11 de agosto de 2007 en El Diario de Hoy: entierren ya los areneros el pestilente cadáver y la envenenada herencia política del mayor y sepulten los farabundistas al difunto apergaminado de Lenin y y su herencia, tan absurdamente ajena a las tierras cálidas del trópico. Conozcan y asuman su auténtico pasado. Les recuerdo, yo, que no soy religioso, a todos ustedes tan creyentes, católicos, protestantes, judíos y musulmanes, practiquen la confesión, que precede al perdón. Beatifique Benedicto a Romero, celebren el 20 aniversario de los jesuitas con serenidad, recuerden a todas las víctimas, no sólo a las del conflicto armado, sino también a las del económico, también a los indígenas de 1492 y de 1932… y luego, déjenlas volar hacia el rincón íntimo y acogedor de la memoria. La mejor manera de no tener que recordar a más víctimas es crear un orden social fundamentalmente justo que no cree más.
 

Durante varios años, una argentina y un español, con la aquiescencia de la plana mayor salvadoreña del diario y la colaboración de muchos profesionales locales, trabajamos denodadamente en nuestra pequeña parcela para favorecer este nuevo clima político, el diálogo, el triunfo de la razón sobre la fuerza. Siempre que había elecciones, recorríamos, con un algo de trouppe circense, con la caravana de los “Encuentros Cívicos” de EDH, la cálida piel del territorio nacional. Y recuerdo, con mucho cariño, un cierto orgullo y algo de vértigo, un día relativamente fresco que aterrizamos por Chalatenango. Nos envolvía una luz matinal preciosa. Al rato, la cancha donde se iba a celebrar el debate se comenzó a caldear, en todos los sentidos del término ya que unos impetuosos militantes empezaron a ensordecernos con el sofocante himno de la megafonía partidaria. Capeábamos, con más fuerza decibélica y sonora salsa lúdica, el temporal, cuando se apareció una visión. Como solíamos hacer una fotografía simbólica en un lugar distante y emblemático de la localidad visitada, los candidatos y sus facciones debieron hacer el camino que les separaba del lugar a pie y juntos. Entonces, los que aguardábamos, vimos en el horizonte como avanzaban, al unísono, tricolores y encarnados, ondeando sus banderas mezcladas con los pendones amarillos, verdes y azules de las demás opciones. En palabras de testigos con conocimiento, estábamos asistiendo, en lo que había sido uno de los más sufridos escenarios de la violencia desatada por la guerra civil, a la primera marcha conjunta de la Historia de El Salvador.
 

Se han difuminado ya aquellas imágenes, han ido apagándose los sonidos de aquella mañana venturosa. Pero aquel día, y en muchas otras citas en que se debatió vigorosa pero civilizadamente, se demostró, antes que en EE.UU. que “sí, se puede”. Sí se puede disentir sin agredir, disputar pero respetar. En El Salvador necesitamos algo de lo que abominaríamos en otros lugares más maduros: una clase política a la que denostar colectivamente. Cuando la calma y la normalidad impregnen hasta el tuétano las instituciones patrias, cuando la abulia y el bostezo amenacen con alienarse la participación de la ciudadanía, como en el Viejo Continente, entonces tal vez debamos pedirles cuentas o denunciar su esclerosis colectiva, pero durante un corto y limitado espacio de tiempo lo vital es contener sus ímpetus juveniles. Que se asiente el humus del poso de aburrimiento cívico imprescindible para que florezca del subsuelo una crítica cívica renovada y contemporánea al milenio en que vivimos.
 

Cuando en EE.UU. haya un mal presidente negro o una jefa de Estado pésima (cosas que se han dado ya hasta la saciedad en el resto del mundo, paradójicamente “menos desarrollado”), cuando no sea noticia ni la negritud ni la feminidad, es cuando podremos hablar de normalidad, de que se han superado ese tipo de prejuicios y diferencias. Dejemos que Mauricio gobierne, que pruebe con hechos si es Mauricio o el señor Funes. Si lo hace bien (sobre todo si se mantiene honrado), reconozcámoselo, y si lo hace mal, dentro de la espantosa situación económica que le ha tocado todo hay que decir, ensañémonos con él como lo hemos hecho con sus predecesores (por cierto, eso invalidaría automáticamente para criticar a todos aquellos querubines que han prosperado durante las últimas décadas, cantando cual vistosos colibríes de la Corte, las excelencias del nefasto de turno, y que ahora se preparan para convertirse en los Cicerones y los censores de supuestos excesos por venir… y no miro a nadie… me estaba refiriendo a Rush Limbaugh y a Sean Hannity, por supuesto… o, ¿en quién estaban pensando, malvados?). ¡Viva la República!
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