| Editoriales | Opinión de Zarko Pinkas |
|
Solo más allá de las nubes algunos pueden elevarse sobre la realidad. Desde hace muchos años, los fieros dragones fueron expulsados de sus tierras ascentrales por las hordas. Ya no tenían nada que les conectara con sus vidas pasadas. Viejas memorias nada más de cuando podían poner sus garras en los parajes iluminados por la luna.
El cielo fue transformándose en su único dominio, ya que las hordas perdieron la habilidad de volar de tanto pensar con los pies en la tierra. Los pocos que habían sobrevivido al exilio voluntario o forzoso, marcaron sus territorios con columnas de humo blanco entre los vientos de las tormentas eternas de lluvia negra.
La mayoría de los dragones olvidaron los sentimientos bondadosos de sus antepasados, y la ira ciega encendía pocas veces el fuego de sus rojos vientres. El olvido mantuvo quieto su naturaleza divina, pero siempre estaba, en lo más profundo de sus memorias, aquellos cuentos de las antiguas falanges de sus verdades raíces. Entre tanto odio, el amor se extinguió de sus almas oscuras, dejando pequeños espacios de claridad.
No era una maldición, solo la herencia de la incomprensión provocada por el atroz destierro. Las garras siempre buscan partir en dos lo que ellos se merecían por legado, pensaban algunos. En ciertos momentos, al volar con sus alas completamente extendidas, divisaban desde lejos sus antiguas moradas convertidas en metal reluciente. Un metal que marcaba casi todo rincón de la nostálgica tierra de su pertenencia.
Una noche percibieron un olor extraño como una mezcla a cloacas, óxido y azufre. Este subía hacia sus territorios aéreos, lo cual les provocó una sensación de hastío. Grandes hordas humanas se enfrentaban en medio del metal de lo que antes fue campos verdes relucientes de un fuego natural.
Los dragones no soportaron más. Años de resentimiento quemaron en un segundo una tibia tolerancia impuesta por la fuerza del desdén. Lo único que en sus fauces pudo escucharse entre gemidos guturales fue el gruñido de la venganza.
Ver a sus enemigos históricos, disputándose el último espacio verde de una tierra metálica, detonó en ellos sus instintos básicos. La sangre se calentó, las garras vibraban y sus ojos teñidos de un rojo fuego, se transformaron en ese ruidoso grito de batalla.
Mientras caían como saetas sobre sus antiguos espacios territoriales. Las grandes llamaradas encendían el todo y la nada de las hermosas ciudades. Los cuerpos se derretían como plástico. El fuego quemaba todo entre gritos de angustias. Los dragones continuaron por meses encendiendo cada sombra que se movía frente a su voraz fogosidad de odio. El metal se cayó a pedazos y por una vez en su vida de exilio se sintieron felices, total y complemente enardecidos por una especial animosidad mitológica.
Posados sobre los escombros miraban como el fuego purificador limpiaba la inmundicia creada a la fuerza. Se sintieron poderosos y sus pechos brillaron como estrellas fugaces. La muerte dominó el campo de batalla y el renacer les pertenecía. Sabían que siempre después de un gran incendio viene la calma que llevaría a surgir al ave Fénix. Era cuestión de un cuantos miles de años para recobrar lo robado. Tenía el tiempo suficiente y la capacidad de esperar por edades infinitas.
Las hordas perdieron la batalla. Sus mismos errores en menospreciar a sus viejos enemigos fue su frío error. Dejaron de ver al cielo y los nubarrones, y dedicaron todo su tiempo en levantar pequeñas torres de Babel sin ninguna dirección ni racionamiento. Se olvidaron de la muerte y ella descendió sobre ellos con la fuerza del fuego eterno. Nada había que hacer… morir nada más.
Nunca la naturaleza de los dragones muere, simplemente palpita en sus ardores hasta cuando, en un buen momento, termina explotando y quemando todo sin la más mínima compasión. La ira ardió sobre lo que antes era su amada tierra. Su venganza fue justicia y las columnas de humo blanco, las medallas ganadas.
Los dragones pudieron ver como la era del fuego falso llegó a su fin entre el dolor de las hordas de las cuales no escucharon ninguna palabra de perdón, ni el momento de arder entre ellos mismos por la eternidad. La victoria tuvo olor a cenizas y a un fogoso amor.
| Enviar a un amigo | Imprimir | Compartir |
El fuego | 2012-01-17 12:44:55
Un bello cuento. | 2012-01-17 15:58:54
LO MÁS LEÍDO |
LO MÁS COMENTADO |
Presidente Funes y el de CSJ evitan hospitalidad de Sigfrido Reyes y sus bocas de langosta con caviar y camarones
Norma Guevara: Cóctel legislativo no debió ser agenda de los medios
Condenan a cuatro años de prisión al empresario Orlando de Sola
Reprueban declaraciones de Sigfrido Reyes contra periodistas
Sigfrido Reyes arremete contra Sala Constitucional de la Corte Suprema
Belarmino Jaime: El comportamiento de Reyes "fue de mal gusto", la Asamblea no le dirá a la Corte qué hacer
Periodistas: Agresivas y tontas las declaraciones de Sigfrido Reyes
Jefe del Departamento de Periodismo de la UES
OPINION
|
|
Río que suena.../ Julio Villarán |
|
|
LA LINTERNA MÁGICA / Eric Lombardo Lemus |
|
|
Caída libre / Zarko Pinkas |
|
|
Marvin Aguilar |
ENCUESTA
¿Está de acuerdo con que el Gobierno le reduzca el subsidio a los buseros? |