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.TAMAÑO DE LETRA
La patria, ante el espejo (¿Españoles? ¡Sus abuelos!)

Última actualización: 17 DE ABRIL DE 2009 11:09 | por José Iglesias Etxezarreta

 Hace un par de semanas estuve viendo la mítica Satán Tango (1994), de Bela Tarr. Esta película, con su extenuante metraje de 435 minutos de dolor, es posiblemente la más desoladora que haya podido ver. No la más brutal, ése dudoso honor quedaría reservado a la pesadilla de Idi i smotri (Ven y mira, 1985) de Elem Klimov, la locura de Scorpio Rising (1964) de Kenneth Anger, o el dantesco documental sobre los hospitales para terminales de Frederick Wiseman, Near death (1989).

 Pero sí la más desconsoladoramente triste, posiblemente junto a La habitación del hijo (2001), de Nanni Moretti. Una por la pérdida irreparable del primogénito, la otra por la ausencia absoluta de propósito o esperanza. Aunque tratáramos de arrancarla de la memoria, no hay forma de despegar de las retinas la escalofriante escena en que la niña, tras abusar incansablemente de su gato hasta que nos damos cuenta que sólo está repitiendo con su mascota el trato que ella misma recibe, le obliga salvajemente a beber leche envenenada y asistimos a la interminable agonía del felino ante la mirada infantil, cristalina, desprovista de calor o emoción; su carrera por la estepa con el cadáver rígido bajo sus bracitos; el gesto casual al coger el matarratas y llevárselo a la boca…

 

 Esta parábola de la era postsoviética viene a cuento en estas páginas tropicales por tratarse de un húngaro hablando de Hungría (y por extensión sobre los países del Este y la Humanidad). Es un nativo el que pone a su país en el diván del psiquiatra para que narre sus horrores y se enfrente a sus fantasmas. Y, pese a ser un “maldito” por vocación y expresión (sólo hay que ver a muchos de sus actores, seleccionados en albergues y asilos), es considerado como un genio y justamente valorado como un orgullo artístico y como un auténtico patrimonio nacional.

 

 Lo que me ha devuelto a mi algo torpe intento de reivindicar a los artistas salvadoreños, denostados por el patriotismo barato de la alta sociedad nacional. Antes, y no me refiero sólo al caso de Roque Dalton, sino a tantos y tantos pintores, escritores, músicos, periodistas, maestros, médicos y sociólogos, intelectuales todos al fin y al cabo, que, junto a los más visibles obreros y campesinos, fueron amenazados, perseguidos, exiliados, torturados, desparecidos y asesinados durante la guerra, hasta el exterminio progresivo de toda chispa crítica en el país. Y ahora. El ensañamiento enfermizo se mutó en un desprecio igualmente destructivo durante la postguerra, sustituido el golpe por la asfixia.

 

 El patriotismo pedante gusta tanto de la acuarela naif como del imaginario “indio bueno”.  Una representación, que se convierte en ocultamiento, de la realidad en tonos pastel y pinceladas suaves. Pero abomina, y con toda la presión de la que sabemos que es capaz, del que se atreva a incorporar al retrato tonos duros o rasgos descarnados, aunque, como en El espejo de Dorian Gray, estos se hayan convertido en los dominantes. Esta condena, tronante o silenciosa, la hemos podido experimentar en, por ejemplo, el caso de Horacio Castellanos Moya, un literato que en cualquier país desarrollado sería considerado como una gloria de las letras nacionales y cuyos tormento y amargura serían calificados como trazos prodigiosos de la mediocridad y el espanto que veía reflejada en un entorno sofocante. Lo digo y lo repito: Cervantes, Baudelaire o Dostoievski, Velázquez o Rembrandt, no son elevados a la categoría de maestros del arte universal por su capacidad de edulcorar la realidad sino de sentar sociedades y períodos históricos enteros ante el espejo.

 

 Incluso para embellecerse, si no queremos acabar con chafarrinones grotescos de pintura embarrándonos la cara como goterones de un payaso enloquecido, hay que sentarse ante el espejo, y, de nuevo como en el retrato de Dorian Gray, quedarse estupefacto por unos instantes ante el panorama que nos arroja. “Ese instante helado en que todos ven lo que hay en la punta del tenedor”, en palabras de William S. Burroughs, citando a Jack Kerouac en El almuerzo desnudo (1959).

 

 Y esto es lo último que quiere la sociedad salvadoreña: enfrentarse a sus fantasmas, espíritus de lo mal enterrado, de lo oculto tras poco digerido. Por eso también aborrece de la Historia, y le gusta disfrazarse con cuentos. Arte y Historia, esas guardianas gemelas, junto con su trilliza la Filosofía, que nos permiten entender lo que se trata de esconder tras los oropeles, tan ausentes en El Salvador. Porque si Franco fue a por los maestros de escuela, como depositarios del saber popular y las ganas de aprender de la República, los militares salvadoreños se centraron en erradicar todo tipo de pensamiento.

 

 En este sentido, pienso mucho en Antonio Machado. Hoy en día considerado uno de los poetas más grandes en lengua castellana del siglo XX, murió de tristeza, poco después de irse al exilio, con sus últimas fuerzas consiguió arrastrarse a muy pocos kilómetros del país que había cantado (Proverbios y cantares, 53):  

“Ya hay un español que quiere

 vivir y a vivir empieza,

 entre una España que muere

 y otra España que bosteza.

 Españolito que vienes

al mundo, te guarde Dios.

Una de las dos Españas

ha de helarte el corazón”.

 

Y lo que trato de hacer entender es que es precisamente por esta imagen certera y nada halagüeña  de España por lo que pasa a la Historia de lo mejor que ha dado la nación española. Aunque la división que refleja sea siniestra, su forma de cantarla es sublime. Y en eso consiste el arte. No hay que lapidar o condenar al destierro a los Machado o a los Castellanos Moya por lo que reflejan, sino saludarlos por arriesgarse a sostener el espejo.

 Incluso después de haber vivido un lustro en El Salvador, me sigue sorprendiendo la repentina agresividad de algunos de sus habitantes, la instantánea transformación de zalameros doctores Jekyll de exquisita educación latinoamericana a energúmenos mister Hydes de ferocidad británica, cuando se osa contradecir sus creencias. Y, cuando se produce la mutación,  también me he encontrado a menudo en el empobrecido lugar de recibir insultantes epítetos, no contra mis argumentos, que sería de lógica y cabal, sino contra mi origen. “¡Español!”. Sinónimo además de “conquistador, prepotente, destructor” y hasta “vandolero” (sic, es decir, como suena).

 

 Desde la impunidad que abriga el anonimato (y la arrogancia que aviva la ignorancia), “¡inmigrante!” me ha venido a llamar uno. ¿Y eso es “malo”? Pero ¿de qué pozo de contradicciones y complejos se puede salir para acusar a alguien de la misma “falta” que cometen una tercera parte de sus compatriotas que, además, le mantienen a él casi una tercera parte de los ingresos nacionales?

 

 Pero hasta de las pedradas se aprende. Siempre me ha resultado curiosa la costumbre de achacar a alguien o, a la inversa, vanagloriarse del lugar de nacimiento. La nacionalidad de origen es algo que depende menos de nosotros que incluso la belleza. Tratar de acusar a alguien de “español de mierda” es tan inútil como cuando los racistas le acusan a uno de “negro de mierda”. En primer lugar, son categorías tan amplias que en ellas todo cabe: “alemanes de mierda” engloba a Hitler y Marx, Wagner y Mózart  (por cierto, un amigo austriaco, que, como puede verse, no sufría del virus pueril del patriotismo, me avisaba humorísticamente sobre sus compatriotas, con una capacidad ejemplar de introspección, distancia y sátira que defiendo en este artículo: “¡jodidos los austriacos, que han conseguido  convencer al mundo que Hítler era alemán y Wagner austriaco!”). A ver, convengan conmigo que “¡mueran los ingleses!”, no tiene mucho sentido si no s un contexto insurreccional. ¿Mueran todos los ingleses? ¿Sólo unos cuántos? ¿Los que a mí me convengan en un momento dado? Pero¿en qué se parecen Engels y Thatcher, Shakespeare o Drake? Más bien se pueden emparentar Thatcher y Videla, y Shakespeare y Cervantes, por sus aportaciones o deportaciones a la Humanidad, que por el hecho de donde nacieron en su más tierna e inocente infancia. 

 

 Además, en un mundo que se mueve no tienen mucho sentido para explicar la raíz ontológica de ciertos argumentos. Tómese mi caso por ejemplo. Nací en el País Vasco; mi padre es gallego; me eduqué en el Reino Unido; mi adolescencia fue catalana; mi experiencia laboral, madrileña, sudafricana y turca; mi familia es salvadoreña; tengo grandes amigos italianos y mexicanos; mis poetas y dramaturgos favoritos son ingleses, mis pintores, holandeses, y mis directores de cine, franceses,  rusos y japoneses; la comida, del sudeste asiático; las hamburguesas y la democracia, estadounidenses; los derechos humanos, franceses;… ¿Qué soy, entonces? Vivo en el mundo, por lo que sería idiota (qué razón: “un patriota, un idiota”, “el patriotismo es un egoísmo de masa”) de enfrentarme o calificar a una parte del mismo porque sí, sería como cortarme extremidad, pegarme un tiro en la pierna. Y provengo de un linaje de mestizajes eternos, que nace en un pequeño valle en la zona del Rift, en el África Oriental, donde bajamos por primera vez de los árboles y una mujer llamada Lucy dejó su impronta. Siento informarles, patriotas, idiotas, nazis, racistas, xenófobos en general: ¡todos tuvimos una abuela negra en algún momento!

 

 Volviendo al caso de El Salvador, excúsenme, señoras y caballeros, precisamente mi lugar de nacimiento, y el de la mayoría de los españoles actuales, excluye mi/nuestra participación o la de mis ancestros en su conquista, y, especialmente, en todas las fechorías posteriores. Se ve que a mis abuelos les daba mareo el navegar. ¡Los muy “cobardes” se quedaron en la península, por eso yo nací aquí! Y, pese a la obstinación de la intolerancia, no les costará mucho deducir por tanto el subsiguiente silogismo: sí, si ustedes nacieron allá, ¡es porque sus abuelos fueron los “valientes”, los que cruzaron el mar, no los míos!

 

 Mírense al espejo de una vez, suban a gatas por su árbol genealógico y lo descubrirán. ¡Ustedes son los descendientes de los conquistadores! Los criollos de Latinoamérica son tanto o más responsables que los verdugos y fanáticos extremeños y castellanos que pisotearon el continente originariamente desde lo alto de sus caballos. Fueron sus tatarabuelos, los Pérez, Rodríguez, Martínez, los que mataron a los indios la primera vez y los que casi acabaron con toda traza de su existencia cuando se atrevieron a pedir algo de respeto en 1932. ¿Se acuerdan? Les tildaron de violadores y de comunistas, los masacraron a miles (y encima, con la maldita manía que tienen de tergiversar la Historia, tienen ustedes el valor culpar a las víctimas y llamar a su rebelión el Terror). No fueron los españoles quienes colgaron a Feliciano Ama y Federico Sánchez, ni fusilaron a Farabundo Martí (confiésenlo, muchos de ustedes ni siquiera saben quiénes fueron estos sus próceres). Reconózcanlo: la mayor parte de los que han hecho el bien y el mal en El salvador durante los dos últimos siglos no han sido los españoles, ni siquiera los gringos, sino purititos salvadoreños.

 

 Me produce sarpullido la arrogancia de los nuevos conquistadores empresariales o cooperantes hispanos, pero desgraciadamente fueron manos salvadoreñas las que asesinaron a Rutilio Grande, Romero y Ellacuría (y a Elba y Celina Ramos, las  grandes olvidadas). No fueron los Alvarado, crápulas rapiñadores (y torpes como pocos, mira que fundar su capital en un lugar en que ya los indios les indicaron que llamaba “El valle de las hamacas”), los que cometieron los execrables crímenes de El Mozote. Son ustedes, sí, ustedes, los salvadoreños que se creen de pura cepa de los últimos 75 años,  los que han convertido el término “indio” en una mala palabra en El Salvador, sinónimo de “tonto, retrasado, deficiente, ignorante”.

 

 Al menos los racistas sudafricanos se proclamaban africanos y reivindicaban sus tropelías. No se escondían detrás de las faldas de los colonos ingleses y holandeses que exploraron primigeniamente el territorio. ¡Ay, pero claro, qué “salvadoreño” es eso de decir “no fue culpa mía”, girarse en derredor y buscar a quién colgarle el mochuelo. Pero Cortés murió hace mucho tiempo. Sus pecados no. Siguen manchando a sus descendientes mientras estos no se arrepientan de ellos. Los oligarcas latinoamericanos deberían comenzar a responsabilizarse de los suyos, y aquellos de ustedes que sigan sus leyendas también. Pidan perdón en nombre de sus tatarabuelos a las poblaciones nativas allá donde hayan sobrevivido. Los nuestros, los tatarabuelos que se quedaron en la Península, ya tuvieron mucho trabajo luchando contra la Inquisición, el esclavismo,  el absolutismo, el carlismo, el colonialismo, el pistolerismo, el falangismo, el franquismo y otros males, estos sí propiamente españoles, para que tengamos que estar perdiendo el tiempo y la honra en exculparlos de las miserias de otros.

 

 En fin, que nuestros abuelos, como en el caso de Machado, fueron españoles que, mientras algunos de sus compatriotas y sus descendientes destrozaban América, combatían contra otros españoles para que no prosperaran en el Viejo Continente la intolerancia y la barbarie que han acabado devorando el mundo. Para finalizar, pongo el ejemplo de un español, don Miguel de Unamuno que sintetizó magistralmente esta lucha en su enfrentamiento final con el teniente coronel de la Legión José Millán Astray cuando éste invadió Salamanca, episodio narrado por el historiador Alberto Baena Zapatero en el siguiente extracto:

 “Millán había llegado al acto de la universidad escoltado por sus legionarios armados con metralletas. Varios oradores soltaron los consabidos tópicos acerca de la "anti-España". Un indignado Unamuno, que había estado tomando apuntes sin intención de hablar, se puso de pie y pronunció un apasionado discurso:

 "Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. (... ) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis...".

 En ese punto, Millán empezó a gritar: "¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?". Su escolta presentó armas y alguien del público gritó:¡Viva la muerte!". En lo que, según Ridruejo, fue un exhibicionismo fríamente calculado, Millán habló:

"¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!". Se excitó sobremanera hasta tal punto que no pudo seguir hablando. Resollando, se cuadró mientras se oían gritos de "¡viva España!".
Se produjo un silencio mortal y unas miradas angustiadas se volvieron hacia Unamuno que nuevamente tomó la palabra:
"Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de ’¡viva la muerte!’. Esto me suena lo mismo que, ¡muera la vida!’. Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la,muerte. ¡Y otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente, hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Míllán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él. (... ) El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada...”
Furioso, Millán gritó: "¡Muera la inteligencia!". En un intento de calmar los ánimos, el poeta José María Pemán exclamó: "¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!". Unamuno no se amilanó y concluyó:
"¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España".

 

¿Sólo los latinoamericanos o los españoles estamos llamados a ser críticos con nuestras realidades a fuer de querer ser auténticos? Quedémonos al lado del fuego de la chimenea para escuchar la profunda voz de un genio, Gore Vidal, explicando el motivo profundo de haber escrito su Lincoln (1984), diseccionar en dos sucintas frases las luces y sombras que despide su propio país, la más grande potencia del mundo, y que también fue construida sobre el exterminio de la población nativa…

 “I suspect that I was drawn to the idea of my own country as a subject by those schoolteachers who are paid to give us a comforting view of a society that, after eliminating the original population of the continent, lived more or less happily with slavery while imposing an often demented monotheism on one another as well as on the other breeds that came under its restless rule. Nevertheless, I believed, that there was an American idea (if not ‘exceptionalism’) worth preserving and so I set out to trace it from 1776 to its final interment in and around 1952 when the old republic was replaced by our current national security state, forever at war with, if no weak enemy is at hand, its own people”.

 Ay, si realmente leyeran ese libro que tantos idólatras tienen sobre su mesilla o en la guantera de su coche, tal vez encontraran una sentencia que les iluminaría sobre la necesidad que tiene el país de no alienar su legado intelectual y artístico porque no les presente la imagen reconfortante con la que les mienten sus políticos y sus pastores: “No vengo a traer la paz, sino la espada”. ¿Les suena?

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 PD: para complementar la contribución que realicé en la columna sobre el control de las religones sobre la demografía salvadoreña y sus consecuencias en el desarrollo futuro de la nación, les invito a dirigirse al artículo Obispos, abortos y castidad de Jesús Mosterín, en el diario El País, del 24 de abril.

 Y si se indignan, piensen que a sus Iglesias que condenan ahora los preservativos, al menos les reconozco su coherencia histórica: son las mismas que quemaron a Miguel Servet por descubrir la circulación de la sangre y que quisieron hacerlo con Jenner por crear la vacuna antivariólica, las que excomulgaban porque la anestesia atentaba contra el principio divino del “parirás con dolor”, las que anatemizaban las operaciones quirúrgicas y las disecciones… ¡Angelitos!

(1) Comentarios

Geovanny Ábrego | 2009-05-21 16:25:39

Yo no voy a desatar acá un poco de rabia hacia tu artículo, aunque estoy de acuerdo con que es muy barroco. Y no me interesa si esto le parecerá absurdo a nacionalistas, patrioteros o chovinistas, pero... como salvadoreño que soy, me parece que, en el fondo, has hecho una buena crítica de este triste, querido y sufrido paísito. Ah, y yo no creo que debás tener "pellejo de salvadoreño" para entender por qué también hay guanacos a quienes les gusta Moya (sí, con "Y", y no con "ll"). Eso es como que me digás que debo tener pellejo de español para entender a Francisco Franco. No es necesario. Al final, lo importante es que aprendamos a vivir juntos, nos guste Moya o no, nos gusten las calles llenas de basura o no, y, en vez de negar nuestros defectos, tratar de superarlos.

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