| Editoriales | Opinión de Julio Villarán |
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Tiene más ego que Cristiano Ronaldo y también es mucho más valioso. Gonzalo Rodríguez Cañas o Carlos Gonzalo Cañas o Carlos Augusto Cañas acaba de llegar a sus ochenta y ocho años y tiene como meta vivir hasta el 2036, por lo menos. A ver: si saco bien la cuenta, espera vivir ciento doce años o más.
No tengo un calificativo adecuado que ilustre la importancia de la obra de Carlos Cañas para el desarrollo del arte plástico salvadoreño. En la biblioteca virtual Wikipedia, se menciona que es uno de los mayores exponentes en la historia de la pintura de El Salvador y que se le considera el precursor del arte abstracto en el país, “aunque su prolífica obra se ha expresado en diferentes corrientes artísticas a través de los años”. Así es que voy a usar el calificativo que él autorizaría y que de seguro exigiría: genial.
La última vez que conversé con este genio fue hace doce años, cuando él era aún director del CENAR y había eliminado el bachillerato en artes, desoyendo a sus detractores y a la opinión pública. Era del parecer que para que se desarrollaran las artes había que reorientar el CENAR y volverlo un semillero en donde los estudiantes obtuvieran la información básica para luego, si tenían verdadera vocación, abrirse paso por sus propios medios en el accidentado y miserable mundo artístico, tal como le había tocado hacerlo a él mismo. Lo que sí recuerdo de aquella conversación es que me dijo que “el CENAR se mantiene por el carisma mío” y que el gobierno hacía las cosas al revés por lo que él estaba dispuesto a poner orden.
Agregó también, con toda la seriedad del mundo, que uno de sus próximos proyectos era el de montar una gran exposición en donde pudiéramos apreciar lo más importante de toda su obra, pasando por todos sus periodos creativos, y que la muestra la estaba planificando para llevarla a cabo en 2036. Luego de aquella conversación escribí un artículo que nunca publiqué y que después se perdió sobre mi escritorio en medio de tanto papel. Hago la aclaración para que él mismo y sus amigos me puedan perdonar cualquier olvido o dato errado de mi parte pues ya pasaron muchos años.
Carlos Cañas nació en esta capital en 1924 en el seno de una familia modesta. Comenzó a pintar desde muy niño por un instinto heredado de su padre, quien era un pintor nato y que había hecho algunos rótulos y afiches. Estudiando bachillerato y haciendo trabajos ocasionales, el joven Carlos Cañas pasó un día por la escuela de arte de Alberto Imery, en los alrededores del Teatro Nacional. Sobreponiéndose a su timidez decidió entrar para ver cómo funcionaba el sistema. Días después era otro más de los alumnos.
Su primera exposición tuvo críticas favorables de parte de Alberto Guerra Trigueros y de Salarrué, cuyos comentarios eran de suma importancia para todos aquellos que se iniciaban ya sea en las artes plásticas o en la literatura. Sus otras muestras, a falta de galerías, las realizó en calles y librerías sin la intención de vender las pinturas pues era lo último en lo que pensaba: en comercializar la obra. Luego partiría hacia España.
Allá llegó en barco, en 1950, después de una travesía de un mes viajando en tercera clase. Sus estudios fueron posibles gracias a una beca tramitada por el poeta salvadoreño Raúl Contreras que residía en la tierra de Picasso. Mensualmente le entregaban cincuenta dólares, de los que, después de los gastos indispensables, le quedaban diez para comprar pinturas, telas y pinceles. Allá permaneció ocho años y conoció a su esposa Carmen.
Era un ambiente hostil para Cañas, que era de pensamiento de izquierda como hasta hoy; en cambio, los otros becados centroamericanos eran fascistas, allegados a los gobiernos por lo que recibían quinientos dólares para estudiar. Recuerda que sus primeros días los transcurrió encerrado en una fría pensión donde se cobijaba con sábanas remendadas hasta que poco a poco se fue mezclando con artistas y poetas, y comenzó, con penas, a viajar.
De Barcelona se traslada a Madrid y luego a El Salvador. “Una aventura... eso es lo que soy: una aventura, y gracias a ello es que me he permitido no tener límites creativos”, recuerdo que me dijo. A su regreso, encuentra que aún no estaban dadas las condiciones para pintar y que solo existía la academia de don Valero Lecha, que enseñaba lo poco que sabía y que aún así aquellos pintores lograban vender “sus babosadas”.
Entonces, se dedicó a la docencia, su más grande error, según él mismo, pero que lo hizo porque el país y las nuevas generaciones necesitaban de alguien como él para que enseñara lo mucho que sabe. En noviembre de 2002 expuso aquí parte de su trabajo, y no ocultó su resentimiento al país que no ha sabido valorar su obra. “No tengo nada que agradecerle al gobierno, ni a la prensa ni al público”, dijo en aquella ocasión.
Es agresivo cuando habla, pero con ideas bien fundamentadas. Toda su vida ha sostenido que es un genio y que el noventa y ocho por ciento de la pintura salvadoreña es pésima. El otro dos por ciento es lo que él mismo ha creado. Respecto a su proyecto de vivir contra todo pronóstico maya que vaticina el fin del mundo, pues yo diría más bien que vivirá por la eternidad que, un artista la logra ahondando en el instante a través de su propia circunstancia. Es lo que ha hecho.
Pd:
Mis últimas columnas tienen que ver con las artes y artistas pues la política me estaba asfixiando. Sin que suene a amenaza hacia mis lectores, espero retomar la realidad nacional más adelante, cuando ya me encuentre menos furioso con los políticos. A propósito de los comentarios que me escriben, hay uno que es genial y que aparece en mi último escrito “el museo de las sombras”, he querido referirlo porque me ha encantado la fina ironía del autor. Dice: “Una mente de avanzada... ¡bárbaro! Es seguro que está sin trabajo. Debió registrar esa idea don Julio. Vaya a registrarla cuanto antes, si tiene el pisto para hacerlo. Y después vaya y plantéelo a la Secretaría de Cultura que también ha dado muestras de estar a la vanguardia artística e intelectual en el país. Vamos, no se detenga, siga pensando. Es lo mejor que se puede hacer en el ocio… Y luego vuelve a decir: Ah, una última cosa, si no le hacen caso en la SEC, porque pasan muy ocupados en cosas importantísimas, mejor vea cómo hace y se va para Nueva York, allá sí que va a pegar, se lo aseguro. Claudio Ángel
Buen día a todos y feliz cumpleaños al maestro Carlos Cañas
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7+++++ | 2013-02-16 13:23:59
Julio | 2012-09-07 09:18:07
Orlando P. Atkinson | 2012-09-06 10:17:12
a un artista, en este caso pintor, no es justo valorar su obra por su personalidad, comportamiento, etc., a un artista se le valora su Obra, por su valor estético, técnico, trascendente, etc.
Fran | 2012-09-06 08:22:45
Edwin | 2012-09-06 00:38:39
Maestro? | 2012-09-05 22:29:55
Eterno | 2012-09-05 22:12:15
Claudio Angel | 2012-09-05 20:01:19
Erika | 2012-09-05 15:17:46
manuel sandoval | 2012-09-05 14:46:07
Ricardo | 2012-09-05 14:09:09
Juanjo | 2012-09-05 12:32:51
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