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.TAMAÑO DE LETRA
Guns and roses, and religión too

Última actualización: 09 DE MAYO DE 2009 11:48 | por José Iglesias Etxezarreta

 

El 11 de abril de 2008, el entonces candidato a la Presidencia de los Estados Unidos, Barack Obama, tratando de explicar unos trazos casi constituyentes de la vida en la América rural, que dificultaban la penetración de su mensaje de cambio entre las capas obreras del Medio Oeste, argüía que “no era sorprendente” que la gente que vivía en pueblos y ciudades pequeñas , donde se habían estado perdiendo puestos de trabajo en los últimos 25 años ante la indiferencia de las sucesivas administraciones, fueran del color político que fueran, que “no tienen evidencia del progreso en sus vidas cotidianas”, “se volviera amarga(da), y se aferrara a sus armas o a la religión o a la antipatía por otra gente que no son como ellos”.

 

El comentario, como otras muchas otras tormentas en un vaso de agua desatadas durante la feroz campaña de los medios republicanos para incapacitar a la naciente estrella política demócrata, disparó una avalancha de respuestas airadas y acusaciones de “elitista”. El término y el concepto de “elitismo” se había convertido durante esos lustros locos de los Bush en la Casa Blanca y los neocon vociferantes en los medios en que se torció el significado de tantas palabras, en un insulto, para calificar lo que en unas instancias más aireadas habría sido definido como “inteligencia” o “preparación”,  por esa curiosa anomalía o lógica invertida que se instaló en el imaginario colectivo durante aquellos años por la que, por ejemplo, los opositores  a la aventura bélico-comercial en Irak no eran “patriotas”, a pesar de que todos habían servido a su país en algunas de las guerras de las últimas décadas –especialmente sangrante fue el caso del héroe militar y frustrado aspirante John Kerry-, mientras que el tronante y tronado Comandante en Jefe y sus secuaces habían todos evadido vergonzantemente ese doloroso compromiso.

 

Aparte de la degradación de las libertades civiles, la proliferación de la tortura, la extensión a gran escala de la corrupción y la justificación y puesta práctica del genocidio, ¡qué tiempos aquellos en que el electorado agradecía que le llamaran “idiota” para que escogieran a “uno como ellos”! Sin embargo, no entraremos aquí en el grueso, nunca mejor dicho, de esa etapa perversa, ya le dio carpetazo a esa actitud populidsta del “político con el que uno preferiría irse a tomar una cerveza” la ingeniosa contestación que dio por entonces el siempre genial Bill Maher: “francamente, cuando voy a operarme prefiero un cirujano de élite a uno simpático pero retrasado, y preferiría volar con un piloto de élite que con uno del montón”.

 

Lo importante es que, en ese momento, pese a sus medias disculpas que no lo eran –ni falta que le hacía, véase también el caso del flamígero, pero acertado reverendo Wright“from worship to war”-, Obama rompió con la política de tratar de manera infantil al pueblo y fracturó el principio electoral vigente de mostrar a la población en el espejo de la madrastra de Blancanieves: “espejito, espejito, ¿hay alguien más guapo que yo?”. Valiente, y poco común, es el político que se atreve a advertir a sus seguidores de ácidas verdades. “Pues no, francamente, no eres el más guapo. Incluso, diría que en algunas cosas eres más bien feo y desagradable”.

 

Ya oigo ahora a mis fieles lectores afilando sus colmillos: “ah, se te ve el plumero Iglesias, no creas que no vemos hacia dónde te diriges”. ¡Efectivamente, cómo me conocen! Toda esta presunta digresión era, pues, la construcción del armazón imprescindible para conducir, irrefrenablemente dirán con cierta razón mis críticos, este marco de análisis… ¡a la realidad político-social de El Salvador! ¿Cuál si no?, les preguntaría. “Es mi carácter” como le dijo el escorpión a la rana al picarle a media corriente y ahogarse los dos (o, simplemente, que si escribiera para un medio español me dedicaría a desmontar los mitos peninsulares pero escribiendo para uno guanaco uno está condenado a deshacer los tópicos centroamericanos).

 

Efectivamente, Iglesias, por enésima vez, va a poner como parangón la actitud intolerante de ciertos panoramas estadounidenses para desentrañar la pulsión retrógrada que existe en ciertos ámbitos, grupos, costumbres y actitudes salvadoreños. Y es que coincide: no sé si podría definirse como “amargura”, pero si parafrasearía a Obama para afirmar con rotundidad que “la desesperación lleva a muchos salvadoreños a aferrarse, a su adoración más bien, por las armas y la religión”.

 

Detrás de la sumisión a las armas. En España, en ciertos círculos donde prospera la desidia hacia ellas, añadimos al clásico, “las carga el Diablo” la apostilla sarcástica “… y las dispara un gilipollas”. Y, en un país que va hacia la meta de los 4.500 muertos anuales (en términos relativos por encima de Colombia o México), se ve que debe de haber muchos gilipollas. Y no sólo los que tiran del gatillo para ensordecer, que no resolver, sus problemas, sino, sobre todo, los que tratan de aferrarse a sus metales mortíferos, justificando, decir “intelectualmente” sería contradictorio, diría más bien que “tratando de diferenciar” de manera infantil su posesión y supuesto valor disuasorio en manos “honestas” frente a su utilización “irregular” por parte de los presuntos facinerosos, separando a “los buenísimos” de “los malotes” por expresarlo llanamente. La falacia inherente a este “razonamiento” (es un decir) maniqueo y torticero es que en el preciso momento en que la mano “honesta” aprieta el gatillo se convierte ineludiblemente en “garra asesina”  

 

Pero además de ser uno de los motivos principales de la proliferación indiscriminada e histérica de la violencia y la muerte en el ya de por sí sombrío panorama actual, la pasión por las armas esconde una veta de fondo, profundamente instalada en el inconsciente nacional, de sádica indiferencia hacia el prójimo, que se resume en la castiza expresión nacional de, perdonen por mi francés (otra expresión típicamente guanaca, ésta sí alegre y lúdica), “me vale verga”, actitud que engloba desde la pandemia de asesinatos al holocausto de los accidentes y atropellos, de los humos y modales letales de los buseros hasta el incivismo generalizado (y quien diga que no, que confiese que nunca ha conducido por las atestadas carreteras de El Salvador detrás de un autobús desde donde llueven los excrementos y desechos lanzados inmisericordemente por las ventanillas, todas las plagas combinadas). Como decía Thomas de Quincey, con la lógica patafísica de su El asesinato considerado como una de las bellas artes (1827): “Se empieza por un  pequeño asesinato, se sigue con un robo y se acaba faltando al Día del Señor”.

 

Negros cuervos escondidos bajo sus sotanas. Hablando del Día del Señor, por actualidad también toca hablar de la última barbaridad cometida por la religión organizada. Eso de “los curas, el FMLN y las bodas gay” (que, dicho así, tiene un aroma a astracanada de Muñoz Seca)  A ver… ¿quiénes son unos tipos que visten con faldas, no se casan y supuestamente nunca tienen sexo (excepto con monaguillos y amas de llaves, “nunca digas de este agua no beberé y que este cura no es mi padre”, y por lo que se ha visto por las sentencias en EE.UU., sus alumnos) para conminar al presidente electo por la mayoría de la población a prohibir las muestras de afecto o los contratos de convivencia entre dos personas, por el sólo hecho que éstas sean del mismo sexo? Que aconsejen a sus fieles lo que quieran pero que no confundan el pecado con el delito. Que no traten de trasladar el reino de los cielos a las cuestiones terrenales. Creo que uno de sus profetas ya les dijo algo así como que “su reino no era de este mundo”. A los que se reconocen suyos que les sometan como quieran, que soporten lo que buenamente estén dispuestos a tolerar, “el silencio de los corderos”, pero a los que no comulgamos con sus piedras de molino ni nos creemos ya sus cuentos de viejas y sus leyendas irracionales y absurdas, sencillamente, después de tantos siglos de asustarnos, retrasarnos, torturarnos, quemarnos, ¡que nos dejen en paz!

 

“Cuando contemplo como la brisa agita el cabello de mi hija”, me impacta en toda su magnitud la complejidad y riqueza de su existencia, y descubro la brutalidad y el desprecio que se oculta, hipócrita, tras el proclamado respeto absoluto a la vida de la Iglesia. Realmente para ellos la vida es una cuestión puramente mecánica, la unión entre un óvulo y un espermatozoide, una mera excusa para su eterna cruzada vociferante por el control de las mentes, las acciones y los capitales. Un cigoto no es un ser humano. Pensar que un pequeño amasijo de células es una persona supone despreciar la inteligencia, la emoción, la independencia, que nos caracteriza. La risa, la ilusión, los sueños, la férrea voluntad de un niño real les resulta en el fondo despreciable, ellos prefieren adorar un principio, un axioma encarnado en un tejido tan desprovisto de capacidad de juicio o elección como ellos desean tener a sus almas cautivas, como hacen con sus yertos símbolos, sus joyas, sus inciensos, sus ricas telas y sus fríos altares. Para ellos, esa caterva de carcamales encerrados en sus existencias estériles y sus lúgubres sacristías, amargados porque el ser humano es y vibra por esa carne que ellos desprecian por prohibida, para ellos, que no dan vida ni la disfrutan, el amor constituye simplemente un vacuo mantra comercial, una simple ecuación propagandística (hombre + mujer = niño) para cosechar sus réditos de ambición.

 

También vi salvadoreños felices. Robo el título de la emocionante película del director franco-yugoslavo Aleksandar Petrovic, Skupljaci perja (También encontré cíngaros felices, 1967), para tratar de explicarme esta morbosa y fatal idolatría doble de revólveres y crucifijos, como si de un cuadro tardío de Andy Warhol se tratara, más común en ciertas zonas de la América estéril que de la fecunda. Porque es lo que sentí buceando en el reportaje de ensueño realizado por los excelentes periodistas Claudio Martínez y Julio Roberto Díaz para la edición de abril de la revista Speed, en que ambos profesionales recorren EE.UU. de costa a costa, pero sobre todo porque el camino va jalonado de caras sonrientes y plácidas, nada que ver con la agresividad común de los lanzadores de basura locales mencionados anteriormente, los rostros tranquilos, satisfechos, hospitalarios, de cientos de miembros de las comunidades de los compatriotas que salpican el territorio estadounidense. Y ahí está la clave. La desesperación frente a la satisfacción, el patriotismo frente al orgullo, el egoísmo frente a la generosidad. ¿Está esta arcilla nativa pues tan empozoñada por algún tipo de virus traído por la avaricia de los conquistadores que sus hijos crecen sólo sana y vigorosamente cuando se alejan de ella, como en el poema de Salvador Espriu que tanto se adecua a esta doliente tierra tropical y que tanto me ha acompañado a su través

 

Assaig de càntic en el temple (1954) 
  
Oh, que cansat estic de la meva 
covarda, vella, tan salvatge terra, 
i com m’agradaria d’allunyar-me’n, 
nord enllà, 
on diuen que la gent és neta 
i noble, culta, rica, lliure, 
desvetllada i feliç! 
Aleshores, a la congregació, els germans dirien 
desaprovant: «Com l’ocell que deixa el niu, 
així l’home que se’n va del seu indret», 
mentre jo, ja ben lluny, em riuria 
de la llei i de l’antiga saviesa 
d’aquest meu àrid poble. 
Però no he de seguir mai el meu somni 
i em quedaré aquí fins a la mort. 
Car sóc també molt covard i salvatge 
i estimo a més amb un 
desesperat dolor 
aquesta meva pobra, 
bruta, trista, dissortada pàtria).

 

Es decir, libremente traducido:

 

Oh, que cansado estoy de mi

cobarde, vieja, tan salvaje tierra,

y como me alegraría alejarme,

más allá del norte,

donde dicen que la gente es limpia

y noble, culta, rica, libre,

desvelada y feliz!

Entonces, en la congregación, los hermanos dirían

desaprobando: “Como el pájaro que deja el nido,

así el hombre que se va de su lugar”,

mientras yo, ya bien lejos, me reiría

de la ley y de la antigua sabiduría

de éste mi árido pueblo.

Pero no he de seguir nunca mi sueño

y me quedaré aquí hasta la muerte.

Porque soy también muy cobarde y salvaje

y amo además con un

desesperado dolor

ésta mi pobre,

bruta (sucia), triste, desafortunada patria.

 

Pero igual es que ha llegado ya el momento de dejar de lamentarse y de dirigirse hacia las civilizantes tierras del Norte y empezar a construir una realidad más serena aquí. Ahora tenemos la oportunidad de que este sentimiento ambivalente, desdoblado, hacia la tierra que tembló, pueda transformarse en un sentimiento de transformación, que sea trampolín en vez de ancla, que podamos verla volar en vez de anegarse en el fango y en la basura, enterrar el “vale verga” y empezar a preocuparse por el que está al lado. Tal vez, ha llegado el momento de ponerse de pie, coger la mano del otro y comenzar a caminar, pero no hacia el norte boreal, sino hacia un luminoso levante.

 

(1) Comentarios

Edgar Villegas | 2009-05-26 10:48:42

Es una lastima que personas de esa calaña escriban en un medio salvadoreño. Me pregunto ¿qué dejó este señor en el periodismo salvadoreño para que sea considerado, incluso, para escribir articulos que ni él los entiende? Demostrada está la incapacidad de este señor que en el medio donde trabajaba ni siquiera hace falta y es más, muchos hasta alegres estan de que se haya ido. Si no creen que no sirve sus escritos solo lean el primer párrafo, es una idea inconcluso por Dios señores, como un ser así puede escribir eso... Ese tipejo es un sinverguenza y un aprovechado, vayan y pregunten al Diario de Hoy por sus credenciales y se darán cuenta
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