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Opinión Opinión de Zarko Pinkas
No puedo dejar de vigilarte
19 DE JUNIO DE 2014 09:34 | por Zarko Pinkas

El mesón semejaba un castillo de cartas. Miles de habitaciones pareadas sin ninguna conexión. Llegué a vivir a ese cuchitril de mala gana. Después me sentí cómodo en medio de tanto caos. Las personas me parecieron interesantes. Escucharlos hablar de sus experiencias me servía de distracción en las tardes que regresaba de la fábrica. 

Tenía la impresión que aprendía de la vida al sentarme a conversar con don Evaristo sobre los buenos gobiernos del pasado, con la señora Matilda de sus nietas y con Eusebio de la mecánica automotriz. No eran conversaciones profundas ni nada que pretendiera ser intelectual o vanguardia. Tan solo coloquios para pasar esos momentos de libertad que nos permite la esclavitud.  

Sentía un sincero aprecio por estas personas reales. Me inspiraban a seguir adelante con mis planes de ser un hombre de bien y  luchar por la justicia social. 

Un día llegó a vivir al mesón una bella chica. Se llamaba Antonia.  Comencé a buscar un encuentro fugaz con ella. Me paseaba por los pasillos para interceptarla cuando fuera al almacén o se dirigiera  al baño.  Tuve suerte. La encontré de frente al ir por el portón principal. Venía de realizar las compras del día. La saludé cordialmente. Ella me miró directamente y solo agachó la vista. Pensé que era una actitud de vergüenza, pero recordé, en lo más profundo de mi mente escondida, que ya la conocía. Se puede fingir con la mirada, aunque ésta siempre revela  lo que fuimos en el pasado. 

Durante un tiempo me encerré en mi cuartucho. Perdí el apetito por completo. Tomaba vino de quinta categoría en la búsqueda de despertar mis paraísos artificiales, los cuales llegaban en forma de visiones del ayer.  Pesadillas horrendas repletas de emociones desgraciadas. 

Por la ventana, la fisgoneaba al regresar de su trabajo. Pensé que vestía como una ramera barata. Una especie de insecto fuera de lugar capaz de llevar la mayor de las ponzoñas.  Aturdido por tanto beber sin control, fantaseaba en volver a fornicarla. Esto me provocaba una culpa inmediata. 

Me preguntaba la razón de haberla encontrado en este lugar donde había venido a esconderme  del pasado. Soy un hombre bueno y digno, no necesitaba pasar por esto nuevamente. Fue en ese instante que decidí irme a vivir a los huecos del techo. 

La vieja casa había sido construida con un gran espacio para guardar objetos en una especie de ático rústico.  Lo suficientemente amplio para arrastrarse y hasta para pararse en ciertos lugares. Pronto hice de esos laberintos mi hogar. Como una rata me escabullía en sus pasadizos, acechándola desde las alturas. 

He reflexionado profundamente que puede ser algún tipo de obsesión. Solo que ella vino tras de mí de nuevo. No importa como apareció acá. Debe ser el karma. Estamos unidos por algo más allá del amor y el odio. Un sentimiento que hay que  gozar sin importar la opinión del otro. 

El pequeño hueco del techo me permite verla como un dios. Siempre arriba de ella, percibo sus miedos y quejidos nocturnos. Poso mi mirada en su cuerpo desnudo noche tras noche.  Cuando entra con algún amante de turno, me quedo viendo su vista perdida en el espacio mientras la poseen. 

Pasaron semanas que mantuve esa vigilancia. Esperaba una señal para cometer alguna locura. Estaba consciente que mi conducta no era normal, pero vivimos entre gente anormal, da lo mismo ser otro de la manada de desequilibrados que giran por estos rumbos. 

Mi mente estaba seca. El sabor de mis alimentos tenía un gusto a cenizas y el pasado y presente me rodeaban en los rincones de este pequeño espacio, donde estaba esperando cualquier oportunidad  para hacer algo mágico. 

El karma te encuentra aunque te escondas debajo de una piedra en la profundidad del infierno. Antonia regresó a mí y yo a ella por la fuerza de lo inexplicable. Esa era mi verdad y  debía ser la de ella también. Estoy seguro que sabe que la vigilo día tras días desde muy alto. 

Una noche retornó más temprano que lo habitual. Traía con ella a un pequeño niño. Siempre me pareció raro ese su gusto por asesinar infantes. Lo tomaría del cuello con sus finas manos y apretaría hasta sacarle su alma. 

¿Qué karma estaría pagando esa criatura? Por un instante,  mi mente se despejó. Pude ver claramente a nuestros hijos el día que ella los mató y yo, como un cobarde, escapé por la ventana. Caí en una zanja profunda y corrí para olvidar. 

De una patada sólida partí el techo y caí al suelo. Antonia tomó un cuchillo y con la fuerza de mil demonios me lo hundió en la pierna.  La agarré por la cabeza, la miré directo a sus ojos y le arranqué la garganta con mi puño al mismo tiempo que le gritaba: karma. 

Dos agentes de la policía entraron abriendo la puerta de una patada. La venían siguiendo del hospital donde había robado al infante. Miraron la escena y bajaron sus armas.  Me sentaron en el suelo y me dieron las gracias por haber salvado al niño.  Me explicaron que  andaban tras su rastro por varios pueblos como sospechosa de secuestro y asesinato. 

Les expliqué que la conocía. Que la había estado vigilándola desde el entretecho y que estaba planeando terminar con su vida. 

Los agentes me explicaron que sufría de alguna alteración nerviosa. Me aseguraron que era un héroe al haber liquidado a una paria social. Que la prensa vendría para entrevistarme y recibiría una recompensa.  Me permanecí callado y les aseguré que comprendía muy bien. 

Frente a la  tumba, la vigilo. Pasan  en bicicletas Eusebio y Evaristo y me gritan: Te esperamos a cenar, “Karma”.  Solo sonrío y una idea florece en mi mente.


 

(2) Comentarios

Silvita 2014-07-02 19:09:07

Me encanta, dreo que todos hemos sido cobardes alguna vrz, quizas nos hemos dejado llevar por nuestras emociones y hemos quedado en shock ante hechos horribles. Me gusta como describesla realidad Zarco, Saludos.

Misil 2014-06-27 07:48:03

Que genial relato, describe al individuo que irónicamente se vuelve héroe gracias a sus debilidades y sus rarezas más privadas.

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