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La respuesta violenta de Joaquín Villalobos

Esta es la segunda entrega de una serie de reportajes que ha preparado el analista político y escritor Geovani Galeas, en el marco del los 38 años que lleva el golpe de Estado gestado por un grupo de militares el 15 de octubre de 1979.

11 DE OCTUBRE DE 2017 20:23 | por Geovani Galeas

Joaquín Villalobos tenía entonces 28 años de edad y estaba en una de sus casas de seguridad, en la colonia Satélite de San Salvador. Ahí se reuniría con Rodrigo, quien le informaría sobre los últimos avances en el plan para secuestrar a Jaime Hill, uno de los hombres más ricos del país. Era la mañana del 15 de octubre de 1979.

Villalobos estaba empeñado en supervisar personalmente hasta el mínimo detalle de cada paso de esa operación, tan temeraria como compleja, que se realizaría en pleno dentro de la ciudad capital. Quería garantizar al máximo posible que no se repitieran los errores cometidos dos años atrás, en 1977, cuando al plagiar a otro poderoso empresario, Roberto Poma, este fue herido de bala, entre el tiroteo con sus guardaespaldas, que resultaron muertos, y el forcejeo en el momento de su captura.

Así herido, los guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, lograron trasladar al empresario hasta la casa clandestina donde lo mantendrían cautivo, en Planes de Renderos, y un médico colaborador del grupo lo examinó y aseguro que no había mayor problema. El hombre estaba bien aparentemente, escribió unas cartas que sus captores hicieron llegar a su familia junto a las correspondientes pruebas de vida. Pero la lesión se le complicó y murió a los pocos días. La versión oficial del ERP es escueta y poco clara al respecto. 

El problema fue que en ese momento ya estaba en pleno curso la negociación por su rescate. El ERP había exigido a los Poma varios millones de dólares y que además garantizaran, por medio de su influencia en el gobierno, la liberación de dos miembros de su jefatura que habían sido capturados por la policía política y que estaban en condición de “desaparecidos” en las cárceles secretas del régimen: Mariano Jiménez Vega y Ana Guadalupe Martínez. Esta última era por entonces la novia de Joaquín Villalobos.

El asunto resultó aún más desastroso. Villalobos se vio en el dilema entre decir la verdad y cancelar la negociación ya en vías de un desenlace favorable para el ERP, o mentir y continuar con el plan  fingiendo que el magnate aún estaba vivo. En teoría, estaba obligado a mantener el honor de la palabra revolucionaria, pero en la práctica no le cabía la menor duda de que, si optaba por la verdad, sus dos compañeros presos serían ejecutados de manera inmediata.

Entonces, con el argumento pragmático de que “la vida de  dos combatientes revolucionarios valía más que la de un oligarca explotador del pueblo”, optó por la simulación, de modo que cobró el rescate y obtuvo la libertad de sus compañeros a cambio de un cadáver.

En realidad, ese había sido el segundo error garrafal que Joaquín Villalobos había cometido. El primero ocurrió en 1975, cuando formó parte del tribunal guerrillero que, basado en un infundado cargo de traición y bajo un supuesto reglamento de guerra, ordenó la ejecución sumaria del famoso poeta y militante del mismo ERP Roque Dalton.

Pero regresemos a aquella mañana del 15 de octubre de 1979. Rodrigo llegó muy puntual a la cita y, m lugar del saludo habitual, lo primero que dijo fue que en las calles aledañas al cuartel San Carlos había un inusual movimiento de tanquetas. Villalobos sintió algo muy parecido a un toque eléctrico en la espina dorsal. De inmediato hizo un par de llamadas cortas y en clave. Colgó el teléfono y se quedó en silencio.

Después de un largo rato de ensimismamiento le dijo a Rodrigo: “Los gringos se nos adelantaron”. Luego comenzó a caminar por la sala yendo y viniendo sin parar, hasta que hizo otras dos llamadas telefónicas y terminó de atar los cabos sueltos. Pocas horas antes, en la madrugada, se había producido un golpe de Estado. Y él como si nada, silbando en la loma como quien dice,, totalmente fuera de la jugada.

Bueno, sí sabía que la crisis nacional había llegado al punto en que la situación del general Carlos Humberto Romero en la presidencia de la república era ya insostenible, y que como una constante en la historia del país en momentos semejantes, siempre había militares dispuestos al alzamiento. Y, claro, también sabía que entre los potenciales golpistas había dos grupos: los oficiales jóvenes que querían reformas progresistas, y los viejos coroneles y generales que no rechazaban el autoritarismo represivo sino el hecho de que este fuera ejercido de modo insuficiente o ineficiente.

Pero para saber esas dos cosas no era en absoluto necesario ser un comandante guerrillero supuestamente ubicado en el ojo de la gran conspiración nacional. El caso era que ni él ni su equipo de inteligencia habían logrado detectar, en los meses anteriores, que la conjura golpista estaba en marcha y que en ella también habían participado los comunistas, los demócratas cristianos y los socialdemócratas, además de los padres jesuitas de la UCA y del mismísimo monseñor Óscar Arnulfo Romero. O sea, prácticamente todo el mundo menos él.

Pero eso era más bien un asuntillo vinculado al tema de la autoestima personal. El verdadero problema era que el apoyo de los sectores democráticos, incluyendo a los religiosos y a jóvenes militares progresistas, legitimaba un golpe de Estado diseñado por el imperialismo norteamericano. El objetivo real de esa maniobra, le dijo a Rodrigo, era apropiarse de las banderas de la izquierda, apropiarse del programa ya consensuado entre la izquierda y el centro, y de ese modo neutralizar y desarticular la creciente movilización popular.

Era verdad que no se trataba de un programa revolucionario en términos estrictos o tradicionales, pero según Villalobos, lo importante era que ese programa permitía ampliar el bloque social opuesto a la dictadura, y aislar a los grupos económicos, políticos y militares que le daban soporte. Era el proceso de acumulación de fuerza que estaba en curso y siendo jalonado hacia la radicalización por parte de los sectores más combativos. De hecho, el ascenso del ánimo beligerante de las masas, en las constantes protestas callejeras, ya prefiguraban un estallido insurreccional.

Esa era la obsesión de Joaquín Villalobos desde sus primeros pasos subversivos a principios de los años 70, cuando estudiaba economía en la universidad y estaba más interesado en la organización política de las masas que en el combate militar. No era casual que el primer grupo rebelde que él había fundado se llamara precisamente Comandos Organizadores del Pueblo, COP.

Según él mismo Villalobos me contó muchos años después, su temprana deriva personal hacia la jefatura guerrillera se había producido por una suerte de efecto de carambola, no como algo deseado sino como el resultado fortuito de una combinación de circunstancias excepcionales e imprevistas.

Esa circunstancia explicaba en parte el por qué, como estratega revolucionario, Villalobos no se proponía la paciente y gradual construcción de un numeroso ejército proletario, capaz de librar en los montes una guerra de muy larga duración, contra tropas locales primero, y luego contra tropas interventoras extranjeras, como había ocurrido en Vietnam. Ese modelo, tan en boga en la izquierda radical latinoamericana de los años 70 y 80, no le parecía ni deseable ni posible en El Salvador.

En términos de pensamiento estratégico, Joaquín Villalobos se había decantado por esa otra modalidad en que la guerrilla solo aparece como el pequeño motor necesario para echar a andar al plazo más corto posible el gran motor insurreccional de las masas. Desde ese enfoque la violencia, incluso en su nivel más agudo y frontal, no deja de ser meramente instrumental en relación a las ideas. Es la tesis del uso político de las armas.   

Pero Villalobos también creía que una insurrección popular necesita el apoyo de los sectores patrióticos y progresistas entre los políticos, profesionales, empresarios y militares, y que ese apoyo no se consigue con el radicalismo ideológico, que más bien bloqueaba la posibilidad de confluencia, sino con un programa moderado que permita coincidir en el centro a los revolucionarios y a los demócratas en contra la dictadura.

Ya iniciado el ciclo democrático, abierto el espacio para la participación política legal de los revolucionarios, coyunturalmente obligados a la clandestinidad, estos podían seguir organizándose y creciendo hasta lograr una correlación de fuerzas que hiciera posible el paso gradual al socialismo, incluso por la vía electoral. Si, por supuesto, estaba el trágico ejemplo chileno, que parecía desautorizar ese camino, pero según Villalobos el problema allá había radicado, precisamente, en el hecho de que el Frente Popular nunca constituyó en realidad mayoría social ni electoral, nunca resolvió a su favor el tema de la correlación de fuerzas. Y sin una clara mayoría de socialistas sencillamente no es viable el socialismo. 

En todo caso, ese era el proyecto estratégico que el ERP venía perfilando entre aciertos y tropiezos desde su núcleo inicial de 1970. Y ahora, cuando ya la alianza entre la izquierda y el centro estaba consolidándose en el Foro Popular, dándole piso sólido a una insurrección de las masas que ya parecía estar a la vuelta de la esquina, la maniobra golpista de los norteamericanos desplazaba el centro hacia la derecha, al cooptar a los demócratas del Foro Popular, y cancelaba así la perspectiva insurreccional.

Si los golpistas impulsaban las grandes nacionalizaciones y la tan reclamada reforma agraria por parte de los sectores populares, si incluso lograban el cese efectivo de la represión gubernamental, entonces los revolucionarios quedaban, como en la película de James Dean, en calidad de rebeldes sin causa.

Pero en realidad no sería así, le dijo Villalobos a Rodrigo. A los demócratas les darían alguna cuota de representación formal en el nuevo gobierno, solo para crear la ilusión de que el golpe era un cambio en el sentido progresista. Sin embargo, el poder real seguiría en manos de los militares más represivos, que constituían la famosa “camarilla fascista” que se decía por aquellos entonces.

Por tanto había que impedir que ese proyecto se consolidara. Joaquín Villalobos comenzó entonces a improvisar un plan de acción inmediato: en principio, la respuesta al golpe no debía darla en forma directa el ERP con acciones propiamente militares; resultaría políticamente más efectivo que su frente político de masas, las Ligas Populares, con el discreto apoyo de algunos comandos guerrilleros, realizara alzamientos insurreccionales en los barrios de San Salvador en que tuvieran mayor presencia.

Y diciendo y haciendo, Villalobos se desplazó hacia la Universidad Nacional, que en aquél momento funcionaba como una especie de cuartel general de la izquierda armada. Y ahí, junto a otros jefes militares del ERP, Jorge Meléndez y Alejandro Montenegro, puso su puesto de mando.

Como a las seis de la tarde comenzaron a escucharse las primeras balaceras en las barriadas (Mejicanos, Cuscatancingo, San Ramón, Soyapango), reportándose el asedio o ya el asalto a varios puestos policiales. Y pese a que los golpistas, en su primera aparición pública, apenas unas horas antes, proclamaron el cese de la represión gubernamental, la guardia y la policía utilizaron incluso tanquetas artilladas contra los alzamientos populares.

A eso de las diez de la mañana del día siguiente, mientras los combates aún persistían, en la universidad tuvo lugar una inusual conferencia de prensa. Rompiendo la tradición insurgentes de cubrirse el rostro parcial o totalmente con un pañuelo o una capucha, el comandante guerrillero René Cruz, seudónimo que por entonces utilizaba  Joaquín Villalobos, dio su versión de los hechos y respondió las preguntas de un buen número de periodistas nacionales y extranjeros.

En el salón de la conferencia había muchas armas y guerrilleros que entraban y salían presurosos. También había varios heridos de bala que estaban siendo atendidos de emergencia. “Ustedes mismos han visto la respuesta popular al golpe, han visto la represión brutal que los golpistas han desatado en los barrios y han visto a estos heridos, y yo les pregunto a ustedes, ¿qué es lo que ha cambiado con el golpe?”, dijo Villalobos a los periodistas. Era el mensaje que quería enviar: “Aquí no ha cambiado absolutamente nada. El poder continúa en manos de los militares fascistas”.

El otro mensaje era más sutil y estaba implícito: “doy la cara porque no soy un forajido ni un terrorista, soy un luchador social obligado por ahora a usar las armas en una lucha legítima contra una dictadura militar”. Años después, Villalobos me explicaría este punto: “Alguien que cree que efectivamente puede tomar el poder y convertirse en estadista no puede andar jugando irresponsablemente al justiciero enmascarado y con el pecho cruzado de cananas más decorativas y solo útiles para la foto”.  

 Pero volviendo a aquél momento, de pronto se escuchó una balacera, cada vez más nutrida, en las cercanías de la universidad. La policía había chocado con los equipos de seguridad periférica del puesto de mando guerrillero. Joaquín Villalobos ordenó entonces la evacuación de los heridos y la retirada general. Él y su escolta salieron a la calle por el lado de la facultad de derecho, requisaron una camioneta de la Cigarrería Morazán que iba pasando por el lugar y se fueron a toda velocidad.

En los días posteriores, tanto las guerrillas como sus frentes políticos de masas multiplicaron de manera casi febril sus actividades, convirtiendo las ciudades en cada vez más abiertos campos de batalla.

Efectivamente, ese despliegue de la acción revolucionaria cumplió el objetivo de deslegitimar el golpe de Estado ante la evidencia de la continuidad de la represión por parte de la guardia y la policía, pero al mismo tiempo puso en crisis terminal la presencia de los demócratas y de los jóvenes militares progresistas en el nuevo gobierno, facilitando de ese modo la toma de control por parte de los viejos generales y coroneles más derechistas.

 

(18) Comentarios

EL EGO PERSONAL DETIENE EL PROGRESO Y SACRIFICA VIDAS 2017-10-19 13:34:16

Sin pensar en la población, sabotearon el trabajo de la primera junta porque esta pretendían implementar reformas que eran el caballito de batalla de la guerrilla, por lo cual ya no tendría justificación la lucha armada. Es cierto que no había democracia de lo cual tiene gran responsabilidad la derecha extremista que saboteo el esfuerzo de solución. Es necesario preguntarse si tanta muerte y destrucción por parte de las extremas no pudo solucionarse con un poco de sentido común. Pasan a la historia como carniceros: Los militares de la época, los extremistas de derecha (como empresarios que aún ahora son recalcitrantes) y los lideres de izquierda (titiriteros de la gente) que solo buscaban sus intereses personales. La lección es que no deben anteponerse los intereses personales a las necesidades de la población. Encontramos en el medio personas que creen que están muy arriba de los demás y que todo gira entorno a ellos cuando debe girar alrededor de principios y valores.

Raul 2017-10-18 15:47:54

Sinverguenza ya que sus aventuras dejaron al pais destruido y el comodamente se va a vivir a Inglaterra.

jordi arias 2017-10-13 11:12:05

por que no copiar el modelo de Nicaragua. o no se puede no dejan los del poder economico no lo sueltan, quieren recuperar el pais.

sueco-salvadoreño 2017-10-13 08:23:54

Fiscalia de La República, que mas quieren¡¡¡¡ Reo Confeso, se declara culpable, aunque el pueblo ya lo sabia???? y entonces que continua????

jaragua 2017-10-12 21:43:55

Exelente trabajo de investigacion. Yo siempre admire a Joaquin y Guadalupe hasta que se vendieron a Armando Calderon Sol que ahorita esta muerto. Nadie quizo dar sus votos para subir el iva del 10 al 13%. Solo ellos fueron comprados por Calderon aprovechando que tenian como 6 diputados que se habian llevado del frente.

para wil Hernandez 2017-10-11 21:23:39 2017-10-12 17:27:48

Empezar una guerra cuando había oportunidad de intentar cambiar el país de otera manera (con la ayuda de los militares jóvenes), asesinar a un poeta, matar a un hombre emprendedor y a muchos de sus mismos compinches no parece ser delito para los izquierdistas, pero tirarle una manzana y llamar bruja a una "princesa" dizque socialista, pero que tiene 3 sueldos a costillas de nuestros impuestos. ESO SI ES UN CRIMEN, deberían pedir la pena de muerte, porque mire usted, atreverse a ofender a una mujer del Frente... No eso no se puede perdonar. que lo fusilen. JA JA JA, payasos izquierdistas.

Ricardo arguello 2017-10-12 16:11:46

Hasta ahora lo que ha escrito es lugarcomun. Uno lo lee en cualquier libro. No hay algo nuevo?

Miguel Angel 2017-10-12 15:20:22

Excelente articulo, de una epoca dificil y violenta de El Salvador, haria falta recrear historica y literariamente ese capitulo de la historia patria: el Martir Ignacio Ellacuria SJ dejo unos trabajos muy bien documentados tambien que deberian publicarse y darse a conocer para entender el ahora nuestro. Fue el error estrategico de una Izquierda que se creyo poderosa y a punto de tomarse el poder- lo que llevo al sabotaje y el conflicto que impidio que esa 1era Junta Revolucionaria de Gob. donde convergieron fuerzas democraticas y progresistas se unieron: Ungo, ing. Mayorga Quiroz rector de la UCA y que pretendio transformar las arcaicas estructuras sociales del pais. AL final entre una Derecha escuadronera y una extrema Izquierda dividida y envalentonada por el auge del Mov. Popular nada pudieron hacer las voces de la moderacion y el dialogo para evitar la Guerra. AL final en 1992 la Izquierda tendria que aceptar menos de lo que les ofrecian el Golpe del 79.

COMENTARIO A PATRICIA REYES 2017-10-12 15:07:08

SI ESTIMADA PATRICIA, ES LA ÚNICA VENTAJA DE LAS DICTADURAS, AQUI LA DELINCUENCIA ERA CASI CERO CUANDO TENÍAMOS GOBIERNOS MILITARES.

UN RIO REVUELTO 2017-10-12 14:58:26

QUIEN ESTA DETRAS DE ESTA MANIPULACION?

juan pueblo segundo 2017-10-12 12:38:40

¿Y el Tobi? ¿Por qué despacharon al Tobi? Y ahora quién podrá entretenernos? No ven que el hombre generaba MUCHOS COMENTARIOS DESFAVORABLES? AH, TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR

Patriota 2017-10-12 11:46:13

Villalobos es un asesino descarado y asi deberia de ser juzgado.

el observador 2017-10-12 11:30:58

Despues de 30 anos de de insurgencia mas 20 de Guerra y otors 30 anos de pos Guerra el pueblo Salvadoreno aun sigue desangrando por lideres corruptos y los coamnantes enriquesidos por la sangre del pueblo,aun el puelo clama paz,justicia y libertad,no hay future para las nuevas generaciones a menos que emigren a otros lugares.

Esas Historias todos los viejos las sabemos Will no seas ingenuo. 2017-10-12 11:12:18

Montar una prueba de un hecho de hace 37 años no es comida de osicón, mejor aprendamos de la historia y procuremos que eso no vuelva a suceder nunca mas.

A villalobos le tiene miedo el fmln 2017-10-12 11:02:47

Reportan de Villalobos para parar que siga asesorando la oposicion. Ojala le diera trabajo Bukele a Villalobos.

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